Barnum Effect presenta

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UNO MÁS ENTRE VARIOS HOMBRES.

Marcelo está sentado esperando a B, tomándose una cerveza en el bar. B siempre llega tarde y Marcelo siempre llega temprano, por lo que además de beber cerveza lee un libro cualquiera mientras llega el momento en que ella aparezca por la puerta del bar con su cinturita tan delgada y su olor tan agradable (odia esperar y va preparado: conoce a B). El libro, que ha leído varias veces desde que se lo recomendaron, es de esos que aún presenta sorpresas con cada relectura, que a pesar del tiempo trae placer y la placidez de lo conocido. El bar, que está empezando a perder modernidad, es sin embargo agradable a esta hora porque está casi desocupado. La sed, intolerante a la falta de atención, rompe la concentración en la lectura que algún trabajo le había costado a Marcelo, solicitando que sea atendida lo antes posible, es decir, que esa cerveza no se caliente en el vaso sino que sea ingerida lo antes posible: eso es lo que pide la sed y Marcelo obedece. Saborea con calma la cerveza, a diferencia de las lejanas épocas de la borrachera casi perpetua en las que lo importante era la cantidad y un precio tan bajo como las ganas que tenía de enfrentar la realidad (qué bueno que se fueron esos tiempos borrosos y líquidos, tal vez estén en el mar o sean nubes, qué bueno que ahora está B); “los tiempos de la velocidad para todo se fueron para siempre”, piensa Marcelo, y en el instante exacto en el que baja el vaso y sube la mirada lo ve: en algún momento se ha sentado un hombre en la mesa al frente suyo, un hombre que ha visto antes. Lo ha visto bailando en las calles, buscando comida en la parte de atrás del restaurante donde trabaja, lo ha visto acostado en el piso pidiendo monedas, lo ha visto gritar a las mujeres que pasan, lo ha oído hablar solo y en voz alta. 

Hasta entonces, inmerso en la rutina de los días nuevos a los que aún se estaba acostumbrando (otro tiempo, otro lugar, otro continente, otra vida), Marcelo nunca le había prestado mayor atención al hombre más allá de la mirada ocasional y levemente curiosa, del vistazo que calibra si la gente representa una amenaza real o imaginaria, de la ojeada para calcular que no se acercara demasiado. Muchas veces directamente escogía obviar su presencia o cambiar de trayectoria para evitarlo, como solemos hacer: ignoramos voluntariamente la existencia de los otros por miedo, por instinto, por desinterés, poco a poco los demás se vuelven un decorado de esa obra llamada “sobrevivir” que se va tomando nuestros minutos hasta encerrarnos del todo, una rutina insensibilizadora e invisibilizadora, pero también porque este hombre es uno más entre varios hombres que hacen lo mismo en la ciudad (el mismo tiempo, los mismos lugares, las mismas vidas). Sin embargo hoy está sentado en la mesa del frente, y Marcelo puede observarlo con calma, percibe su suciedad de tantos días, sus arrugas profundísimas, su ausencia de algunos dientes, las orejas algo puntiagudas, las ganas con las que bebe su tercera cerveza (en realidad Marcelo sólo supone esto último, ya que ve dos vasos vacíos que bien podrían haber estado ahí antes de que se sentara el desde ahora denominado loco).

Y el loco, luego de posar el vaso gentilmente y con delicadeza sobre la mesa (y encima del posavasos, lo que sorprende un poco a Marcelo, que esperaba una conducta un poco más errática), se queda mirando a algún punto fijo hacia la calle o hacia sus recuerdos o hacia el futuro, concentrado, cavilando: como si estuviera poniendo en orden sus ideas antes de un gran discurso, como si diera los últimos toques o repasara mentalmente un gran plan o una obra apoteósica. Marcelo también lo observa (y al mismo tiempo piensa que tal vez alguien lo esté mirando también a él, y alguien más a esa persona, y así hasta el infinito: una larga cadena unida por los ojos y por las miradas, un mundo de vigilados y vigilantes) y al detallarlo recuerda que el loco tiene siempre el mismo morral a donde va, con el que lo ha visto sin verlo siempre, un morral ennegrecido por los días y la dureza del pavimento. No alcanza a preguntarse qué tendrá dentro del morral porque en ese momento el loco, como si hubiera sentido la curiosidad de Marcelo antes de que el mismo Marcelo la notara (un mundo de vigilados y vigilantes), empieza a sacar una serie de lápices, cuadernos y colores y a ponerlos sobre la mesa un poco desordenadamente, dejando que sea el azar quien guíe su mano y quizás queriéndonos decir que ese mismo azar es el que guía nuestras vidas así nos cueste tanto aceptarlo. Mientras tanto Marcelo, con la rapidez con la que bebía antes (en los tiempos de la juventud que se iba retirando progresivamente, cuando robaba discos con y a gente que ya olvidó), plantea para sí mismo las siguientes hipótesis: 

  1. El loco no es loco, es un genio. 
  2. Es un genio y por tanto es un incomprendido. 
  3. Es un incomprendido y lo ha perdido todo por defender su arte. 
  4. Ha defendido su arte hasta el final, es admirable.

Y Marcelo sueña con una humanidad que lucha por sus sueños hasta el final.

Se conmueve. Pide otra cerveza. Se ha olvidado incluso de que B no llega todavía. No puede dejar de mirar al loco, al guerrero, al genio que guiará a la humanidad: al hombre que le ha abierto un mundo nuevo por el sólo hecho de estar sentado al frente suyo en un bar en un viernes soleado. Y está dispuesto a hablar con su inspiración, está decidido a invitar al Genio a otra cerveza, a que se hagan amigos (debe tener un carácter difícil como todos los genios, debo ir con cuidado, piensa Marcelo), con la misma ilusión con la que un adolescente afronta su primer amor. Marcelo piensa en qué decirle, de qué manera iniciar la conversación para que el Genio no lo deseche inmediatamente o lo tome por un imbécil. Se pone de pie, titubeante, acercándose con pasos inseguros hacia su nuevo (y único) ídolo. En el camino, mientras todavía decide cómo debe acercarse, sus ojos, obligados por la curiosidad, se posan sobre el arte del Genio, no puede evitarlo, la curiosidad y la tentación son gigantescas, tanto como su amor por la cerveza y por B (que no sigue sin llegar, hoy tarda aún más de lo habitual). Es entonces cuando la decepción lo tumba y le pone un pie en el cuello casi impidiéndole que entre el aire a su pecho, siente cómo el vacío aparece repentinamente a sus pies sin que haya de dónde agarrarse, pareciera como si acabara de ver a la muerte que lo reclama para ella, sorpresivamente, a traición, sin permitirle despedirse de nadie, todas esas sensaciones se meten en su cabeza y en sus tripas porque acaba de ver cómo el ex-genio, el ex–guerrero, ex–ídolo, coge un lápiz y con dificultad enorme apenas puede colorear un libro para niños, saliéndose de las líneas en múltiples ocasiones y sin ningún sentido, escogiendo colores como lo haría un infante, agarrando los lápices de una forma para nada cómoda: en resumen, un niño de primaria lo haría infinitamente mejor. Todas las hipótesis se evaporaron y con ellas se fue esa esperanza pequeñita que estaba germinando en el alma fértil de Marcelo, esa esperanza fue borrada del mundo después de una existencia tan corta como inútil. Se siente un poco ridículo cuando vuelve a este plano terrenal y todo el mundo lo ve ahí de pie, quieto, sin decidirse a nada, decepcionado, pálido, mientras el loco lo ignora y pesadamente respira e intenta colorear del todo algún dibujo sencillo, sonriendo emocionado. Así que simula estirarse un poco y se sienta, bebe rápidamente su cerveza para intentar ahogar la rabia que está empezando a sentir por el pobre loco pero sobre todo por sí mismo y su tendencia a idealizar las situaciones y a inventarse dramas. Piensa luego en lo ridículo de la situación, lo grotesco que es todo, sonríe ante lo absurdo del momento que acaba de pasar, guarda su libro y se dirige a la salida mucho más relajado. Encuentra a B en la puerta, improvisa una excusa y la convence de ir a cualquier otro lugar.

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