Barnum Effect presenta

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LAS COSAS TENDRÁN UN ORDEN Y UN SENTIDO.

Llegamos a la casa del tipo, “el Flaco” le decían, y su apodo desabrido no necesitaba de más explicación (aunque también podrían haberle puesto “el Mechudo” o “el Aretes” porque cualquiera de estos le hubiera hecho justicia. Tal vez es que antes de ser mechudo o ponerse aretes o usar esa chaqueta de cuero tan cliché fue primero un niño flaco y así quedó, se notaba que no era algo que le incomodara sino a lo que estaba acostumbrado). Llegamos con la intención de robarle un par de discos que queríamos a toda costa; llegamos, Federico y yo quiero decir, a ver cómo carajos podíamos robarle al menos un par de discos al Flaco, porque los queríamos y porque no teníamos plata para comprarlos, pero sobre todo porque el Flaco era un desgraciado de primera (también podrían decirle “el Desgraciado” y no sería un apodo erróneo); era un desgraciado porque tenía todos los discos que nosotros queríamos pero no los prestaba, no prestaba nada, si alguien quería oírlos tenía que ir a su casa y sentarse en esa salita horrible y aguantar ese permanente olor a sopa y a cilantro que despedía su cocina todo el tiempo, ese olor asfixiante y húmedo, un aroma que no se iba nunca de esa sala minúscula así estuvieran cocinando otra cosa, así no estuvieran cocinando nada: así dejaran todas las ventanas y puertas abiertas el olor no se iba, y yo no podía soportar ese olor a sopa que luego se metía en la ropa y siempre que volvía a mi casa tenía que meterme a la ducha para quitármelo de los huesos y del ánimo. No sé si era por su actitud o por esa salita horrible o por ese olor a sopa que yo no soportaba al Flaco. Tal vez era por todo. A veces pienso que es un poco injusto, porque en realidad el tipo no me había hecho nada y de hecho me invitaba a oír los discos a su casa, pero esa combinación de factores me fue carcomiendo la paciencia hasta que me di cuenta de que ya no toleraba ni al Flaco ni a ninguno de sus rituales para poner música: las carátulas en perfecto estado recubiertas en sus esquinas con cinta para que no se doblaran, la retirada cuidadosísima del plástico protector, el lavarse las manos setecientas veces antes de sacar la hoja con las letras, la mirada inquisidora buscando algún rayón en el acetato, la mirada de superioridad que le enviaba al público cuando la aguja empezaba a arrancar las primeras notas, diciéndonos con esa misma mirada de imbécil que era mejor que nosotros, pobretones que no tienen para un disco, pobres huevones que me suplican para que les ponga lo que quieren oír pero que no pueden tocar, porque si acaso uno podía mirar los títulos de las canciones en la contratapa del disco y hasta ahí, nada de agarrar el librito de las letras y mucho menos atreverse a poner nuestras sucias manos de plebeyos en el acetato, y la música sonaba y el Flaco siempre fumaba su marihuana, la misma que vendía para poder pagar todos esos discos de Depeche Mode, The Cure, The Smiths, Guns N’ Roses, Def Leppard, INXS, New Order, Pixies y tantos otros que ocupaban varios estantes de la inmensa biblioteca de cedro (tal vez no era tan inmensa, a lo mejor se veía así porque la sala era pequeña y alteraba la percepción y seguramente no era de cedro porque no tengo la más mínima idea de los tipos de madera), y tenía mucho menos problema en compartir la marihuana que en compartir un disco y entonces todos fumábamos (eso se lo agradezco) y reíamos, pero ni siquiera drogados o borrachos el Flaco dejaba que tocáramos sus discos casi todos traídos directamente de Estados Unidos por su tío, porque acá era difícil y caro conseguirlos, y uno tenía que ir a la 19 a escoger muy bien cuando lograba reunir algo de plata (es decir, casi nunca) y demorarse horas y horas pasando carátula tras carátula, antojándose cada vez más, deseando rabiosamente poder oír todos esos discos y no parar, oír y seguir oyendo mucho tiempo después de que se acabaran la marihuana y el trago y los amigos se fueran y la aguja se gastara de tanto recorrer esos canales angostísimos y entonces reemplazarla para seguir oyendo toda esa música para siempre. Pero no había plata y tocaba escoger muy bien, y a veces uno iba donde el Flaco para poder decidir antes de ir a comprar algo, entrar-escoger-pagar y salir rápidamente porque la tentación era muy grande y las ganas de robar aún mayores.

            Lamentablemente, esos momentos de ir a comprar se estaban volviendo cada vez más escasos y era más el tiempo que pasábamos donde el Flaco oyendo sin tocar y sin mirar por el sólo placer de oír y sentir, ya que nuestras economías, la de Fede y la mía quiero decir, eran tristísimas, como una vida sin música. Ya ni siquiera íbamos a las tiendas de la 19 porque los dueños sabían que no teníamos plata para nada y parecía (sabían) que íbamos a robar. Mirando discos en las mismas tiendas y con el mismo anhelo de tenerlos todos fue que conocí a Federico. Cada uno compró un disco que el otro quería y eso llevó a la conversación, a las cervezas a escondidas, a robarnos el whisky de la casa de su papá e ir a tomárnoslo en el parque, a la marihuana y a las mujeres. Tenía un montón de amigas que a la larga eran todas iguales, todas tratando de dejarse conquistar pero sin mostrar las ganas, dejándose manosear (como alguna vez manoseé a una Paula, ¿qué habrá sido de su vida y de la de todos los amigos de esa época?) pero deteniéndose en el momento crucial, todas hijas de padres trabajadores que nunca estaban en la casa y querían llenar sus vacíos (fisiológicos y de los otros) dejándose besar, humedeciéndose, dejándose tocar y tocando hasta el momento en que aparecía en sus conciencias el peso de todos los años de crianza en los que les dijeron disimuladamente un montón de mojigaterías que se fueron anidando en su mente y por las cuales no se atrevían a ir más allá.

              Todo eso era frustrante. Ya varias veces me había pasado lo mismo con M, ya había interpretado el papel en esa farsa y a pesar de saber cómo terminaban las cosas esa noche lo volví a intentar, retorné al escenario de los besos y las caricias indiscretas porque es mejor eso que nada, pero cuando me detuvo sentí que ya no podía seguir más así, que todo el mundo estaba en mi contra y que nunca me salía nada bien, entonces le mentí diciéndole que tenía otra mujer que sí me dejaba tener sexo con ella, solamente para que reaccionara con furia, para que los celos se apropiaran de ella y se decidiera a seguir, por puro orgullo, y lo que sucedió es que simplemente, mientras me miraba con tristeza, me echó de su casa mientras yo intentaba caminar lo más normal posible porque conservaba mi erección. Mentalmente la mandé a la mierda. Lleno de la furia que M no tuvo y de las ganas represadas que me hizo tener, me dirigí hacia mi casa, y mientras atravesaba el parque me encontré con Fede y con Fernanda, que estaban tomando ron y se encontraban listos para encender el próximo bareto, porro, cacho, joint o como quieran llamarlo. Me quedé con ellos, sin mencionarles el episodio de M, fumando y bebiendo y hablando de todo, hasta que llegamos al inevitable tema de la música, que aburrió a Fernanda después de 45 minutos de hablar del nuevo disco de Depeche Mode y que fue el motivo por el que decidió marcharse, dejándonos a Federico y a mí rematando lo poco que quedaba de la botella. Y ahí es cuando Fede me dice que el Flaco tiene el último disco de DM y vienen a mi mente el olor a sopa y la mirada de superioridad y la salita de mierda y M que no me lo da y, peor aún, me mira con una tristeza que me dolió a mí también porque desnudó mi mentira y toda la mentira que soy, y todo confluye de manera violenta en mi cabeza. Reemplazando todo el humo y todo el líquido marrón llega la ira como una marea ponzoñosa, aparecen las ganas de venganza contra el Flaco que no me ha hecho nada pero que me irrita con su sola existencia, y entonces decidimos, juramos, hacemos el pacto de ir a robarle por lo menos un par de discos. Será jodido, el tipo tiene mucho más aguante que nosotros para el trago y para la droga, pero tenemos que robarle esos discos, el Flaco tiene que sufrir, tiene que bajar al infierno de los humanos porque sí, porque lo decimos nosotros, porque lo merece, porque estamos cansados de no tener plata y de tener que hacernos la paja y alguien tiene que pagar por todo lo malo que nos pase. Sentimos que eso hará justicia, que las cosas tendrán un orden y un sentido, que la vida se pondrá al día con nosotros si logramos tener esos discos sin pagar, si esa música llega a nosotros para quedárnosla para siempre.

                Al otro día llegamos a su casa preguntándole por el nuevo disco y nos mira con soberbia, como si nos estuviera salvando la vida, y nos hace pasar a la salita de biblioteca enorme (o tal vez no tan enorme, en realidad no lo sé), y yo siento cómo el olor a sopa se mete a exprimir mis pulmones impidiéndome respirar adecuadamente, como si la sopa ya supiera a lo que venimos y quisiera interrumpir de raíz nuestro plan, aunque lo que la sopa no sabe es que no tenemos ningún plan, la noche se alargó porque nos quedamos dándonos excusas de todo tipo para no sentir cargos de conciencia por el robo que le vamos a hacer al Flaco sin concretar nada preciso y ahora todo lo vamos a improvisar sobre la marcha (pero a mí se me da mal improvisar como lo demuestra lo que pasó con M, ¡cómo te extraño M!) y se me va a dar peor si el olor a sopa no se va porque no me puedo concentrar en nada más sino en cómo respirar. Trato de conservar la calma, trato de hablar de cualquier cosa mientras el Flaco hace su ritual insoportable antes de poner a girar el tornamesa, hasta que saca la marihuana y su humo aleja un poco el olor a sopa y ya retomo fuerzas y me enfoco en el objetivo. Y cuando lo veo lavarse las manos se me ocurre que nunca lo he visto entrar al baño a orinar. En todas las veces que hemos ido a su salita inmunda nunca se ha parado de su silla una vez terminado su ritual. Y nace de improviso en mí la genial idea de traer cerveza, y sin tiempo a que digan no, sin darles tiempo a que abran la boca yo ya estoy en la nevera sacando las cervezas que nos acompañarán en esta tarde, y Fede entiende cuál es mi idea para que podamos realizar nuestro plan, tal vez no podamos agarrar el disco que está sonando, pero alguno o varios de los que tiene en la biblioteca seguro que sí, y empezamos a tomar la cerveza helada, y el Flaco que no sospecha absolutamente nada, relajado por la soberbia, el exceso de confianza y la marihuana, y hablamos de todo y seguimos bebiendo y fumando, y voy  tres veces a orinar (no tenía muchas ganas, pero tenía que reforzar ese concepto cerveza = orinar) y Fede va dos pero el Flaco como si nada, como si todo él fuera una vejiga enorme que no se llena nunca, como si estuviera hecho de líquido, y poco a poco van desapareciendo las cervezas y por fin empiezo a notar que el Flaco está un poco menos relajado y cruzando un poco las piernas. Ya casi está, pienso, y entonces le digo a Fede que vaya a comprar más cerveza (el tendero siempre cree que es para su papá y no hace preguntas), pero en realidad Fede no va a la tienda sino que se queda afuera esperando que yo le tire los discos por la ventana en el momento en que el Flaco vaya al baño, y si hubiera ido antes tal vez no hubiéramos alcanzado a hacer nada pero cuando vaya tendrá que demorarse, debe estar a punto de estallar, le va a costar incluso caminar hasta el baño, se va a deshacer en un mar de cerveza y cada minuto que aguante significará más tiempo para mí, para incluso poder elegir lo que le voy a mandar a Federico, y veo cómo ya el Flaco está a punto de diluirse en tanto líquido que está tratando de aguantar.

  Será cuestión de esperar sólo un poco más, pienso, mientras destapo la última cerveza.

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