«Paula está en las maquinitas», me dijo Alfonso. Yo, inocente en ese entonces pero siempre curioso y letrado, le pregunté sobre las implicaciones de esa afirmación, no entendía cuál era la importancia de ese hecho. Me contestó que podríamos intentar cogerle el culo ahí, “¿no es obvio?”, mientras me miraba con condescendencia, igual a como se miraría a un niñito que no supiera nada de nada y que pretendiera explicar el funcionamiento del mundo. (La verdad, así nos doliera y lo negáramos, es que en esa época ambos éramos unos niñitos que no sabían nada de nada y pretendíamos lo contrario).
La idea me sonó bastante bien después de que me lo explicó. No era la primera vez que lo hacíamos, ni mucho menos, pero a los 14 años tampoco era más lo que se podía obtener en cuanto a mujeres. Así que estábamos Alfonso, José, mi hermano y yo dirigiéndonos hacia el centro comercial para ver (en realidad, con la esperanza de manosear) a Paula. Paula estaba buenísima. O lo buena que puede estar una niña un poco mayor a nuestra edad, la edad de la idiotez. Tenía una hermana llamada Sandra, que era más bien fea y lo sabía, y por eso se vestía un poco provocativa. Estábamos convencidos de que se vestía así para compensar con arandelas su ausencia de atractivo. Y se dejaba manosear más fácil, pero sólo si nadie miraba. Sandra y Paula siempre estaban juntas, así que sabíamos que con suerte podríamos tocarlas a ambas, aunque fuera un poco, rozar las nalgas o una teta, y tal vez aguantar un más que merecido bofetón (que valdría la pena: era una historia que se podría contar en el colegio y en el barrio, aunque, eso sí, tocaría inventarle a nuestras madres que la marca en la cara era producto de una pelea). Así que llegamos al centro comercial y enfilándonos hacia los videojuegos, la zona de reunión en aquella época lejana. Vemos, con fastidio, que justo en la entrada estaba uno de los grupos del otro barrio, con quienes nos odiábamos con pasión adolescente. Siempre les ganábamos en fútbol y además nosotros (en realidad yo, pero para mí “yo” era “nosotros”) le gustábamos a las niñas de ese barrio. Por eso nos odiaban. Nosotros los odiábamos por reciprocidad. Estaban ahí exactamente por las mismas razones que nosotros: también querían un poco de Paula, y si no se podía, pues un poco de Sandra. No nos acobardamos y entramos directamente a jugar.
«Hola Paulita, mi amor» saludó Alfonso, que de nosotros era el más feo y por lo tanto el más atrevido (tenía que serlo, no tenía otra opción). Paula le contestó con un «Hola Nacho» (nadie supo nunca por qué lo llamaba Nacho), y continuaron hablando por unos minutos. Sandra miraba desde una esquina, desconfiada, sospechando lo que estaba a punto de pasar (que era lo que pasaba siempre). Conocí así cómo la envidia se escapa por los ojos de la gente, babosa, resbaladiza y fluorescente: inocultable. Como el dueño del local ya nos estaba mirando mal (éramos otro grupo de culicagados entre miles de grupos de culicagados que viene a molestar pero no dejan nada de plata en el negocio), José decidió comprar unas fichas, para lo que nos pidió dinero. Le pasé el billete totalmente arrugado que había logrado ahorrar pero no dejé que mi hermano le diera nada, hoy invitaba yo.
Paula empieza a jugar y yo, aprovechando que Alfonso la abandona un momento para ir a provocar a los del otro barrio (va a provocarlos sin razón alguna, o mejor, aprovechando que nos odian y para hacernos odiar más; eso le encanta porque se siente (nos sentimos) superior(es) y porque todas esas hormonas claman a gritos algo de acción), me deslizo al notar el descuido y me acerco por detrás, intentando abrazarla, pero me esquiva con la misma agilidad que tengo yo para esquivar las patadas en los partidos de fútbol. O quizás con una habilidad mayor.
El dueño del local nos sigue mirando mal a pesar de la compra, Sandra también y los del otro barrio ni hablar. El dueño ya ha visto esto demasiadas veces y sabe para dónde va el asunto. Paula se da cuenta y se mueve para que me quite de ahí, fingiendo (quiero creer que solamente finge) fastidio. No hay nada que pueda hacer, excepto rozarle rápidamente el culo con mi mano pero en realidad hay demasiado aire entre ella y yo en ese momento, un roce demasiado ligero y escaso para siquiera ser llamado así: un par de átomos de mi mano que se acercan durante unos milisegundos a los átomos de su culo, en fin, una recompensa mucho menor a lo que había planeado.
Jugamos un rato cada uno de mis compinches y yo. Mientras uno juega y un par miran, el otro se acerca a Paula o a Sandra e intenta tocarlas. Así una y otra vez, una máquina aceitada y triste. Los del otro barrio fuman a la entrada del local, se les ha acabado el dinero y el dueño ya se ha dado cuenta y no los deja entrar. Seguimos provocándolos desde adentro, en estos videojuegos somos mejores que ellos, en el fútbol somos mejores que ellos, en cualquier cosa que se les ocurra somos superiores a ellos, les ganamos en todos los aspectos importantes de la vida. Vamos y volvemos a Paula, rozando cada vez menos disimuladamente. Y, como era de esperarse, Paula se enoja por fin, demasiada paciencia ha tenido con nosotros. El dueño no quiere escándalos y nos echa. Salimos riendo y haciendo ruido porque de todas maneras casi logramos lo que queríamos, con el añadido de hacernos odiar más por los del otro barrio. Queda, sin embargo, una especie de arena rasposa en el ego, un veneno que se va metiendo en el cerebro y que quiere una compensación por haber estado tan cerca pero al final tan lejos, un dolor que no queremos mostrar.
No sabemos exactamente qué responder luego de que mi hermano preguntara qué íbamos a hacer: nuestro plan del día ya se había ejecutado a empujones, ahora quedaban horas por malgastar. José se inclina por volver al barrio, lo que parece ser la única opción ya que se nos acabó la plata. Alfonso nos comenta entonces que los del otro barrio quieren jugar mas tarde, “quieren que les ganemos” nos dice, y reímos a carcajadas porque es irremediablemente cierto. Dan lástima. A las 5 de la tarde quedó concertado el juego, al que acudiremos sin falta. Pero todavía falta.
Mientras llega la hora del partido hablamos. Básicamente decimos mentiras, como tantos adolescentes, siempre queriendo impresionar (toda esa inseguridad, todos esos juicios). Hablamos de experiencias que no hemos tenido, de mujeres, de fútbol, de cómo les vamos a ganar sin esfuerzo. Todo mentira. Exagerando historias que después nos parecerán microscópicas y ridículas, cuando muchos años después las recordemos, cuando vengan el amor, la soledad, la locura y la muerte y nos den lo que nos dan a todos. Rompemos cosas por el camino. Escribimos nuestros nombres donde quepan. Miramos mal. Damos lástima. Damos risa. Pero no lo sabemos. Creemos (queremos) ser grandes sin saber lo que eso significa: la monotonía, el aburrimiento, el tiempo que se acelera mientras se hacen las cosas del día a día, las deudas, la enfermedad. El sexo, el alcohol, la droga. Estamos al borde de conocer todo eso, a segundos escasos de un viaje sin retorno. Oímos música. Matamos el tiempo, con la certeza mentirosa de que tenemos mucho; decimos groserías, escupimos al piso, eructamos. Preguntamos a quién nos gustaría comernos (pero si saliera la oportunidad no sabríamos qué hacer aparte de terminar en 10 segundos o menos). Decimos nombres e imaginamos cuerpos desnudos, imaginación desbordada que nos servirá para la masturbación infaltable de más tarde. Hacemos ruido, hacemos escándalo.
Llamamos a los que hacen falta para el partido y completamos el equipo, vamos a jugar 7 contra 7. Llega Omar, nuestro arquero titular, confiable, buen juego de pies, las manos seguras; a los pocos minutos llegan Alex y David, que son hermanos. Y llega la hora del partido, estamos listos. Vamos hacia la cancha, o ese potrero que tiene el tamaño suficiente para ser una cancha, cuadramos los arcos, escogemos lado, decidimos quién se va a quitar la camiseta (al gol, como siempre), se burlan de nosotros, nos burlamos de ellos, sabemos que uno de ellos está perdidamente enamorado de Paula y nos tiene ganas, así que probablemente el partido estará caliente. Yo nunca he estado en una pelea, pero tampoco tengo miedo, todo es rabia y furia y ese veneno que nos circula por las venas y nos pide que hagamos algo porque toda esa juventud es el volcán de la vida misma. Empezamos, pactamos a 10 goles. 3-1 vamos ganando cuando vemos que los ánimos, ya calientes (el volcán de la vida misma, el veneno que nos inunda), se manifiestan en el plano físico: José recibe una patada más fuerte de lo que ameritaba la jugada. Cobramos la falta y viene el cuarto gol. No les gusta nada. Luego me dan un par de patadas (Paula se llevó mi agilidad, por lo visto), quieren buscarme, quieren romperme en pedazos, destrozarme para que sus amigas no me vuelvan a mirar con deseo, quieren destruirme para siempre pero logro controlarme, la venganza es mejor cuando no se lo esperan. Le paso el balón entre las piernas a uno de ellos y todos los de mi equipo celebran: salió un túnel hermoso, un túnel que atraviesa montañas, un túnel que atraviesa el espacio-tiempo, que sale a otra dimensión, una humillación mayúscula. Por estar pensando en la belleza interestelar de ese túnel me como el gol, pero no importa (sí me importa, era un gol fácil), lo importante es humillar (pero la humillación completa hubiera sido con el gol). Después me llevo de recuerdo otra patada, y ahora mi hermano también. No nos quedamos atrás y empezamos a dar, ni huevones que fuéramos. Un par de adultos pasan y no les importa lo que sucede. Probablemente se ríen de vernos tan ridículos, o recuerdan, con esa nostalgia imbécil que se tiene por la adolescencia, sus propias peleas, sus propios partidos, sus propias Paulas. El sol brilla, el pasto pica encarnizadamente en la espalda y en el cuello. Seguimos el partido, nos recortan ventaja, ya vamos 6-4. Paramos un momento para tomar algo. Los ánimos parecen calmarse un momento a medida que se calma la sed, pero sólo es apariencia, el veneno sigue ahí, en los niveles de siempre. Alguien le cuenta al enamorado que le estuvimos cogiendo el culo a Paula, oigo con nitidez cuando se lo dicen, el odio se puede casi tocar en la mirada que nos lanza. Pero valió la pena, Paula estaba buenísima.
“Vamos a estar tranquilos” – digo- “igual vamos ganando”.
Los demás asienten. Reiniciamos el partido. Gol de ellos. Gol de nosotros, jugadota de David (me sorprende, porque siempre ha sido más bien torpe), quien se lo dedica al enamorado. Otro gol de ellos. Sacamos y empezamos a jugar. Ellos aguantan atrás, nos esperan. David coge el balón y no dura con él ni 3 segundos: es fuertemente derribado, con sevicia, con el mismo encarnizamiento del pasto picando en nuestras espaldas ya llenas de rayones. Alex reacciona violentamente con un empujón. Se oyen las puteadas, las burlas. Yo pienso en Paula, que está buenísima.
Empieza la pelea.


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