Hoy es 8 de julio de 2026, ese día horrible en el que después de muchos días de fútbol no hay programado ningún partido y me siento desubicado, borroso, sin recordar qué se hacía antes en días así. Pero además, a toda esa sensación se suma la desazón por la eliminación de Colombia ayer. Es verdad, no es novedad que nos eliminen, lo habitual es que perdamos (si uno lo piensa bien, en el fútbol se pierde mucho más de lo que se gana), las derrotas son lo nuestro. Sólo que esta vez queda en el aire la pregunta: ¿por qué siempre así? ¿Por qué nunca es el penalti al palo y entra y siempre al palo y se sale? ¿Por qué cualquier otro le pega mal y se mete pero si es Colombia le pega mal y no entra? ¿Por qué, por ejemplo, se lesiona Falcao en su mejor momento faltando meses para el mundial 2014? ¿Por qué nunca un rebote que descoloque al arquero rival? ¿Por qué nunca se equivocan los defensas, los arqueros del contrincante? ¿Por qué nunca un error arbitral a favor? No hablo de merecimientos (porque en el fútbol eso no existe), no hablo de la lógica, no hablo de los jugadores ni de las tácticas ni de las decisiones del cuerpo técnico. Solamente pregunto ¿por qué?
Siempre apoyé a la selección. Terceros en la Copa América del 87, cómo jugaban, le ganamos a Maradona. Lloré cuando nos pitaron ese penalty que recuerdo injusto contra Yugoslavia (¡existia Yugoslavia! y a lo mejor el penalty no era injusto, no lo sé, tendría que mirarlo). Grité como nunca he vuelto a gritar un gol el de Rincón contra Alemania. Y luego la tristeza contra Camerún, con un 2-1 que esperé se transformara en 2-2 hasta el último segundo, pero no llegó. Entonces poco a poco se fue armando una selección impresionante que tuvo su cúspide en Buenos Aires. Me dejé engañar por la prensa triunfalista y luego vino el gran golpe a la realidad para todos, afuera en primera ronda (lo que ni el más pesimista se hubiera imaginado, y faltaba algo aún peor: Andrés), pero contra Suiza aún quedaba una ínfima posibilidad y me aferré a ella calculadora en mano, inútilmente. Después, si mal no recuerdo, cabalgamos la primera mitad de las eliminatorias para Francia y llegamos raspando al final. Un equipo diezmado, cansado, el esqueleto de lo que una vez fue, pero en el último partido de la fase de grupos contra Inglaterra, tal vez, nunca se sabe, si se nos da el milagro… y nuevamente, no. Siempre es no, pero entonces yo no lo sabía, o quizás lo negaba. O puede ser que soy muy inocente.
Y luego la Copa América medio coja que ganamos, ya era algo, un pequeño reconocimiento a todas esas luchas y angustias, por fin. De locales y con equipos alternos, pero eso no es nuestra culpa, otros cuentan copas América de los años de preguerra cuando jugaban 3 o 4 nada más. Y después de esa alegría vienen 3 eliminaciones seguidas, siempre esperando hasta la última fecha con la posibilidad remota de un milagro, el primer milagro a favor por favor, sin que se diera nada, sin que la suerte se dignara a mirar a ese equipo de amarillo, azul y rojo que juega bien pero que falla siempre. 3 mundiales seguidos por televisión, viendo a los demás disfrutar, pensando en cada eliminación que al próximo sí vamos, pero no, no vamos, no sumamos los puntos suficientes y dependemos de los demás, pero a los demás le importamos un culo, no tienen porqué clasificarnos. 3 veces así, demasiado para nosotros que ya nos habíamos acostumbrado a ir, que ya extrañamos lo que era jugar un mundial, así fuera para quedarnos en fase de grupos, prefiero mil veces quedarme en fase de grupos que no ir, así como prefiero que me eliminen en los 90 o 120 antes que en los penales.
Entonces llega Pékerman. Jugando bien, jugando convencidos, con otra mentalidad. Nos toca contra Chile en Barranquilla para volver al mundial, un empate es suficiente, pero claro, 0-3 en el primer tiempo, juega perfecto Chile, una máquina. Pero otra mentalidad. Y se va la luz en mi casa y no puedo ver el segundo tiempo pero oigo por radio que llegamos al 3 a 3 y volvemos al mundial hijueputa. No lo puedo creer, volvemos después de tantos años. Y qué mundial. Golazos, baile, gente, el himno. Y no aprovechamos lo que tenemos y nos devuelven, pero qué mundial, el mejor que hemos hecho jamás, por fin algo que se corresponde más con la forma de jugar. ¿Qué hubiera pasado si hubiera estado Falcao? Nunca lo sabremos, como nunca sabremos por qué nos pasan esas cosas. Pero volvemos en 2018, tal vez con menos brillo hasta ese partido contra Polonia, qué baile, qué golazos, qué certeza de que es así como jugamos, como nos vemos, como nos sentimos jugando al deporte más hermoso de la historia. Entonces otro gol en el último suspiro, ese cabezazo de Mina para callar ingleses con arbitraje a favor (pero eso sí, lloraron en redes como lloran siempre los europeos: si lo hago yo está bien pero si me lo hacen a mí son unos salvajes), qué grito, qué liberación. Para nada. Los penales otra vez, como muchas veces, como la mayoría de las veces. Y con eso se acaba ese ciclo, quizás el más feliz.
Luego, eliminados para Catar, técnicos desastrosos, jugadores que no quieren jugar con un técnico, nos alejamos un poco de lo que somos, de cómo jugamos. Copas América en que casi, pero no. Penales y penales. Pero la esperanza siempre ahí, qué tal que esta vez sí, y no termina hasta que termina, y a ver si nos entra ese gol. Pero tampoco.
Entonces llega Lorenzo y vuelve la ilusión, victorias importantes en amistosos, bien en eliminatorias, y se viene la Copa América en que deslumbramos, qué juego, ¿será que esta vez sí? ¿será que esta vez se gana en condiciones? Pero no, siempre lo mismo, en el alargue perdemos (por lo menos no es en penales), y luego el bache en eliminatorias, ¿será que no vamos a pasar?, pero pasamos, volvemos, nos quedamos donde tenemos que estar, y 4 partidos ilusionantes, con juego, con ganas, tal vez esta vez sí, quizás podremos superar lo de 2014… hasta esos tiros que esquivan el arco suizo, hasta esos penales con palo y afuera o el otro que adivina el arquero. Eliminados, con esa sensación de que se podía hacer más, una vez más.
Y acompañando a esa sensación ayer se me metió irrevocablemente la idea de que no importa lo que hagamos, si jugamos bien o mal o regular, si nos favorece el calendario o lo tenemos en contra: no se nos va a dar. No hay manera, no hay forma posible de que alguna vez podamos celebrar un título de nada. Vamos a jugar cien mil veces y ochenta mil estaremos cerca pero nuevamente no, no va a ser. Nunca un error a favor, nunca la suerte de nuestro lado. ¿Será porque nos hemos matado desde hace doscientos años y no lo merecemos? ¿Pero quién merecería más una alegría que un pueblo que vive rodeado de muerte? No, no es eso, en el fútbol no hay merecimientos, ya lo dije, ya se sabe, el fútbol es como la vida.
Pero a mí se me murió la esperanza de vernos ganar algo.

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