El anciano se dirige, como todas las mañanas, a hacer el recorrido habitual, tan útil como excusa para matar un poco el tiempo y salir del encierro, del tedio y de sí mismo y sus remordimientos. Un paseo merecido después de una vida más bien cómoda y de muchos años de un trabajo que sirvió para pagar deudas y asumir responsabilidades que ahora se habían ido (a diferencia de sus remordimientos). Desde la viudez, y empujado por las horas que se sentían largas como una visita no deseada, decidió empezar sus caminatas para distraerse un poco, tomar aire y, por qué no, mejorar un poco su salud que ya estaba algo deteriorada. Se había vuelto intransigente con los años y sólo gustaba de recorrer cierta parte de la ciudad que le era agradable, y en excepcionales ocasiones (2, si mal no recordaba) se había desviado de su camino. Así, en esa fría y soleada mañana de noviembre el anciano observa su propia vida en las vidas ajenas, esa repetición eterna de prisas, ojeras y miradas perdidas en el bus. Sólo que esta vez, en una esquina, se oye una voz que le pregunta si puede compartirle un cigarrillo.
El anciano dirige la mirada casi opaca, dificultosa, y descubre a 3 punks sentados en la acera, un poco bebidos a pesar de ser relativamente temprano en la mañana, (“seguramente drogados, piensa mal y acertarás”), con ansias inmisericordes de fumar. Saca su paquete recién comprado (que le durará aproximadamente 12 horas) y les regala un cigarrillo a cada uno, encendiéndoselos gentil y desconfiadamente. Los punks agradecen, lo que realmente sorprende al anciano, que no esperaba ninguna amabilidad. Intercambian unas palabras breves y el anciano sigue su camino, olvidando al poco tiempo el incidente durante el regreso a casa. Pero los vuelve a encontrar a la mañana siguiente, y a la siguiente después de esa, siempre clamando por un cigarrillo o una moneda, y el anciano sigue compartiendo su paquete con ellos, en dosis cada vez más generosas.
A las dos semanas se podría decir, viéndolos desde afuera, que los personajes tan diferentes son amigos, ya que los últimos cuatro días el anciano ha terminado un par de cigarrillos mientras habla con los punks: incluso les ha llevado algo de comida. Ellos cuentan su historia, nada del otro mundo. El anciano les cuenta la suya, que tampoco es algo para ser recordado en los libros de historia; aún así, existe algo que podríamos llamar simpatía entre ellos, incluso una especie de cariño. El anciano, jugándosela contra su salud, llega a aumentar la cantidad de cigarrillos que fuma con el fin de pasar un poco más de tiempo con los punks, lo que atrae la mirada curiosa de cualquier persona que pase por el mismo sector y que causa que más de una vez le hayan preguntado si todo marcha bien, a lo que él responde afirmativamente con una sonrisa un poco forzada (hace tiempo olvidó sonreír), pero que es suficiente para calmar a los curiosos.
Pasan las semanas entre conversaciones y cigarrillos, entre curiosidad y miradas ajenas. A los punks les agrada esa esquina puesto que es concurrida y pueden obtener algunas monedas de señoras aterrorizadas y transeúntes ya no tan escandalizados y más bien habituados a verlos, obteniendo además un paquete diario de cigarrillos por parte del anciano quien, continuando la tendencia, cada vez se muestra más generoso. Y se entretienen hablando con el anciano cada mañana, ganando su confianza hasta llegar a las bromas, divirtiéndose mientras le recalcan que toda su vida ha carecido de interés, que siempre ha sido un esclavo, que nunca ha hecho algo remotamente espontáneo. En cada conversación se nota la incomodidad pasajera del anciano al oír estos comentarios, la punzada hiriente de la verdad, pero los deja pasar porque, les dice, ya no tiene tiempo para esas cosas. Los punks ríen por el acto un poco melodramático del anciano mientras encienden otro cigarrillo y beben el café caliente que él mismo les ha traído, y siguen burlándose con cada vez menos benevolencia, llegando a hacerlo enojar en un par de ocasiones, la confianza hace esas cosas. A pesar de todo ello el anciano siempre vuelve al otro día, con sus cigarrillos y sus cafés y sus ganas de conversar, de preguntar, de conocer un poco, atreviéndose también a alguna broma. Los punks le comentan que su única familia son ellos mismos, que no tienen a nadie más, que les gusta asustar señoras y ancianos, llenarse de cualquier sustancia que los haga olvidar hasta perder el sentido, hasta que no sientan el piso: hasta tocarle un hombro a la muerte y luego salir corriendo, así todos los días, con el riesgo de que la flaca los alcance algún día, pero eso no sucederá porque están acostumbrados a pegarle a la muerte, a cogerle el culo, la conocen muy bien y saben en dónde se esconde, por dónde suele aparecerse a los incautos, en dónde suele sorprender a los tontos, y ellos son demasiado inteligentes y conocen la calle demasiado bien como para caer donde otros han caído tan torpemente, sin ningún estilo, sin dejar más que un recuerdo borroso en mentes tan obtusas como las de los que se dejan alcanzar. Y luego hablaban de otras cosas e invariablemente terminaban reprochándole al anciano su vida servil, su falta de espontaneidad, con mayor o menor insistencia, con cada vez menos piedad.
Nadie se sorprendió realmente cuando los encontraron muertos en la misma esquina sucia de siempre, todos asumiendo una sobredosis o una venganza. Nadie se interesó con sinceridad por lo que les pudo haber pasado, nadie sospechó nunca del anciano que amablemente (y sin nada de espontaneidad, todo fue calculadísimo) les llevó cigarrillos y café envenenados porque nadie, óigase bien, NADIE, se iba a burlar de él jamás.
(A la muerte le gustó ese detalle porque estaba cansada de que le cogieran el culo).


Deja una respuesta