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SIDDARTHA EN SU ÉPOCA DE JUGADOR.

El maldito cuadro se desdoblaba. Lo hacía cuando quería y cada vez le gustaba más, cada vez permanecía más tiempo duplicado, siendo su propio espejo sólo que ligeramente menos material o palpable o sólido, algo más etéreo (me di cuenta porque lo he visto muchas veces, he observado hasta el detalle microscópico, y porque nadie lo podría conocer mejor: yo lo pinté. Pinté el original, digo). Primero pensé que estaba viendo doble, lo cual atribuí a la borrachera que llevaba (una de tantas borracheras cimentadas con vino para celebrar que había terminado la maldita pintura), por lo que en ese momento no me preocupé por lo que veía sino por mi pobre hígado que ya estaba dando muestras de fatiga y tardaba en recuperarse, dejándome una buena parte del día en una especie de desgano y cansancio que se estaban prolongando con cada borrachera. Al día siguiente, todavía con los restos de la resaca del alcohol y de la otra (sentía cómo mi cuerpo y mi espíritu eran un campo en ruinas), pensé que lo que necesitaba era unas buenas gafas o un descanso adecuado ya que había trabajado intensamente durante varios días (y cuando no trabajaba andaba de fiesta). Luego, esa misma noche y cuando los efectos del cansancio y del vino se hubieron evaporado, me di cuenta, aterrado, que era el cuadro lo único que yo veía doble, constatando que no era una alucinación sino que se presentaban ante mí dos cuadros exactamente iguales cuando yo solamente había pintado uno.

Todavía el cuadro-copia era un poco nebuloso, un poco líquido, como que no terminaba de coagularse y por eso desaparecía un rato para luego volver a intentarlo. A medida que se fue asentando noté a la distancia (no quería acercarme demasiado) que la mirada del cuadro-clon, el cuadro-impostor, el cuadro-diabólico, tenía un dejo casi imperceptible de maldad, era algo de lo que únicamente yo podría haber sido consciente (pero es que yo había pintado el original y lo conocía como nunca voy a terminar de conocerme), como cuando una nueva arruga o una cana están naciendo, incipientes, tímidas, evidentes solamente para alguien que se ve todos los días detalladamente en el espejo, en fin, esa mirada era una especie de odio concentrado que estaba empezando a hervir y aumentando la presión para poder ser liberada.

La pintura en la que había estado trabajando los últimos largos meses -en un arranque de casi inspiración- llamado “Siddartha en su época de jugador” (que lo ubicaba en su época más corrupta) ahora tomaba vida propia, ahora la corrupción reflejada en la mirada del personaje se adueñaba de él y lo hacía duplicarse para poder expandirse a plenitud, buscando su propio espacio vital. El miedo se instaló cómodamente en mí. Podría jurar que el cuadro-clon me sonreía casi con sevicia, retándome a que lo obligara a volver a su sitio, sintiéndose poderoso e invencible, y yo, usando la excusa de que la resaca me comía todavía (aunque en realidad era el miedo), y como suele suceder en mi vida desbordante de actos cobardes, no hice nada. Estaba agotado y culpé al agotamiento de lo que veía, incrédulo, negándome a aceptar lo evidente: ahora había 2 cuadros, y yo sólo había pintado uno. Y una semana duré mirándolos casi paralizado por el terror, una semana los miré mirándome mal, inmisericordemente, maliciosamente malditos. Vi cómo la copia se aglutinaba volviéndose material, permanente. No podía pensar qué hacer, no podía pedir consejo, no podía buscar la respuesta en internet: estaba solo en esto (como en la vida). Bueno, estaban los cuadros también, pero eso importaba poco. Hubiera parecido loco con la sola mención de lo que estaba pasando, mis cada vez menos amigos (tanto en cantidad como en calidad) no hubieran dudado en mandarme directamente al manicomio.

Sin saber cómo afrontar esta novedad insólita, me entregué nuevamente a los días que quería dejar atrás, a los días de pensar y beber buscando una respuesta, días de pánico escondido en mi cara inexpresiva (soy excelente jugador de póker), días de buscar alternativas. Las noches me encontraban despierto, vigilando de reojo a los cuadros que no me había atrevido a tocar todavía así como no se tocan plantas o insectos que desconocemos si son venenosos o no. Y las noches se hacían largas como largo era mi temor a lo que pudieran hacerme los cuadros. Bebía. Y decidí, en un momento de valentía tal vez infundida por el alcohol (esa valentía mentirosa), pasar del terreno de las miradas al terreno de la acción. La hora había llegado, era tan buena como cualquiera y mucho mejor que ninguna porque la angustia me estaba cercenando la vitalidad y el sueño, ya no tenía sentido aplazar más la cuestión, no podía vivir con tanto miedo e incertidumbre, no podía saber si los cuadros se habían confabulado para atacarme.

No tenía ni idea de qué enfoque debería adoptar, así que me paré decidido y los enfrenté (cosa que me pareció sensata en el momento), mirándolos a los ojos corruptos que conozco tan bien, fijamente, aparentando calma absoluta y dominio de la situación que, se sentía, estaba a milímetros de volverse insostenible: “deben volver a ser uno”, les dije en el último momento, antes de que entendieran que en realidad yo no sabía qué era lo que debía hacer, que estaba improvisando; tenía que mantener la ilusión de que la situación estaba bajo control o todo se habría venido abajo, tenía que tratar de convencerlos con palabras dulces, seduciéndolos para lograr mi objetivo, con voz firme de padre amoroso (que a su vez intentaba ocultar una voz temblorosa de soltero sin hijos e indiferente ante la humanidad). Lo dije y me mantuve con voz y mirada firmes, ya todo estaba hecho y era mejor eso que la indecisión. Los Siddartha me miraron y luego se miraron entre ellos, incrédulos de que por fin yo me había decidido a aceptar su reto, a decirles algo y a no estar todo el tiempo aterrado por lo sucedido, resignados a perder el poder que tenían sobre mí a través del miedo, pero sobre todo porque esperaban una respuesta violenta de mi parte, cuya ausencia los desconcertó.

Ahora estamos estudiándonos, calculando cuidadosamente nuestro siguiente paso, ellos saben que les corresponde la próxima jugada porque yo hice un primer movimiento que no era lo que esperaban y quedaron un poco fuera de lugar, están masticando con lentitud su jugada y su sorpresa, están analizando todas las posibilidades. Decido, en un raro destello de mis neuronas (uno parecido, si cabe, al que tuve cuando resolví pintar a Siddartha en su época de jugador), aprovechar que están dudando y que se tardan en desarrollar su nuevo plan (si es que tienen uno) y los vuelvo a sorprender. Doy un paso al frente y creo notar algo de nerviosismo en la mirada que se dan uno al otro: para ellos, pienso entonces, también es una experiencia nueva eso de desdoblarse, tampoco saben qué hacer, tampoco podían buscar en internet una respuesta ni preguntarle a sus amigos qué se hace en situaciones así. Luego reaccionan y vuelven a mirarme con toda su corrupción, con toda su furia encerrada en esos ojitos que tantas horas nocturnas me costó pintar.

Es el momento, son ellos o yo, y estiro los brazos para agarrarlos.

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