Barnum Effect presenta

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(SIEMPRE SON NEGRAS INTENCIONES).

Salgo furiosa de la casa de Marcelo, mi casi ex-novio en este momento de rabia y dolor. No puedo creer lo que me dijo, no puedo creer que sea tan animal. Yo, que he estado ahí siempre para él, apoyándolo, oyéndole sus estupideces, soportando sus estados oscuros, sus melancolías, sus chistes idiotas, sus cuentos de locos que parecen genios pero que solamente son locos que se creen gatos. Y luego me dice eso. Ahora, claro, tengo que salir a esta hora de la noche, con frío, con esta llovizna que pareciera que no moja pero que empapa los ánimos, con esta rabia medio contenida (por lo menos le grité, no me iba a quedar callada ante palabras tan hirientes), con estas ganas de no salir a ningún lado y teniendo que hacerlo de mala gana, de mal genio, de mal tiempo. Tendré que esperar el autobús, porque además por aquí no pasan taxis cuando llueve, una desgracia. La parada, como cabe esperar en estas situaciones y como obviamente me tiene que pasar a mí, queda lejos y cuesta arriba. Frío, llovizna, rabia, y a caminar.

Normalmente caminar me ayuda a que venga la calma pero hoy no me sirve para nada, me acuerdo de lo que me dijo y no puedo tranquilizarme. Desgraciado. Veo cómo el mundo se va inclinando hacia arriba en el recorrido mientras la música atraviesa mis oídos, aunque son notas que en realidad no oigo porque el sonido se bloquea ante la furia de mis pensamientos, música ahogada en medio de la ira. Pobre música, como si tuviera la culpa. Tengo que caminar en subida porque no hay otra opción, lo raro sería que la suerte se compadeciera de mí y me mandara un taxi, pero conozco a mi suerte demasiado bien y sé, con certeza, que eso no sucederá esta noche lluviosa en la que el imbécil de Marcelo me dijo eso. La rabia aumenta cuando recuerdo toda la situación. Afortunadamente nadie se atraviesa en mi camino, de lo contrario sería capaz de matar con la mirada, sería capaz de provocar la peor de las muertes a quien se atreviera a hablarme, a pasar cerca, a mirarme. Miro alrededor con ganas de que haya alguien para mater con la mirada pero no hay nadie, nadie morirá por mi mano en esta noche. Luego caigo en cuenta de esa afirmación y un destello de realidad me abofetea con fuerza: no hay nadie alrededor. Nadie.

En la calle sólo se oyen mis pasos furibundos, y yo sólo oigo sin oír la música. Entonces se aclimata en mí, muy poco disimuladamente, un pequeño miedo. Ese miedo ancestral a encontrarse solo. De noche. Ese miedo al imaginar a alguien salir en medio de la oscuridad y que no tengamos tiempo de reaccionar a sus negras intenciones (siempre son negras intenciones). Acelero el paso porque el miedo me dice que debo acelerar y sigo mirando en todas direcciones, ahora un poco paranoica. Tres minutos después, el miedo se transforma, sin disimular, en pánico: alguien me sigue. Lo veo a pocos metros, cuando por precaución volteo mi cabeza hacia atrás, y siento su mirada en mi cuello, siento cómo me aprieta el cuello en un potrero, siento cómo muero lentamente y sin haber podido hacer tantas cosas.

Le pongo riendas a la imaginación que se está desbordando y cambio, siendo práctica porque es lo que la situación requiere, a la acción. Aprieto el paso (que no es lo único que aprieto) y me pongo aún más alerta, sin disimular que la situación no me gusta nada y que estoy consciente de ella. Espero que en la parada, que está a 30 segundos, haya alguien. Lo deseo con toda mi alma ya no tan rabiosa como hace un rato. Si no hubiera peleado con Marcelo. Si no hubiera dicho esas cosas. Si fuera menos burro. Pero las dijo, y se me olvida por un segundo que alguien viene atrás mío, a mi mismo ritmo. Me siento en la parada solitaria, luego decido ponerme de pie por si tengo que salir corriendo. Reviso mi celular: se le acabó la pila por ir oyendo música (¿pero cuándo dejó de sonar la música? Ahora se oye solamente el latido galopante que retumba sin diplomacia en mi pecho; espero que siga sonando y despierte a todo este barrio durmiente sin saber que se viene una tragedia). Obvio. Es mi suerte de toda la vida. Maldita sea.

Se acerca. Es un tipo, y con pánico veo que las manos están detrás de la espalda. Sólo tengo un lápiz casi sin punta para clavárselo llegado el momento. No tiene mucha punta, pero hará el daño suficiente, me dará una oportunidad. Resuena el pecho con el corazón y los pulmones. Me está mirando, cada vez más cerca, cada vez más lluvia, cada vez más miedo. Maldito Marcelo. Mil veces maldito. Todo es su culpa. ¿Será él? Ahora seré una estadística de esta enorme ciudad malévola. Está a punto de llegar, horror: está moviendo las manos y no deja de mirarme. La tenue esperanza de que sea Marcelo se fue: es más bajo, más gordo. Balbucea algo que no entiendo muy bien. Dios mío, me va a matar. Agarro con fuerza el lápiz, agarro con fuerza el aire para lo que se viene. Estoy a punto de salir a correr inmediatamente después de clavarle el lápiz donde pueda. Todo es velocidad en este momento: el corazón, la sangre, las ideas. Mueve su brazo derecho.

Y entonces sacó la flor.

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