Barnum Effect presenta

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HACE FRÍO, PERO NO TANTO COMO AYER.

Sentado cómodamente en la última silla del autobús, la que sirve para ver a toda la gente que se sube y que baja tantas veces que se transforma en una sola persona subiendo y bajando, con la misma prisa, con el mismo sueño y cansancio, con la misma vida. Una manera de pasar el tiempo en el monótono recorrido de paisaje sin sorpresas. Entonces veo a esta pareja tan joven riendo, mirándose a los ojos brillantes, entrelazando sus brazos o sus dedos que juguetean con el otro, sin poder evitar la necesidad de tocarse, y me llega la sensación (es más, tengo la seguridad absoluta, la certeza inamovible) de que ella le romperá el corazón (como me pasó a mí, como nos pasa a todos). Probablemente lo hará sin intención, sin premeditación o malintencionadamente, pero con la misma seguridad del agua que se abre camino a través de la roca, lo destrozará: él va a sufrir como nunca antes, será un doloroso paso a la madurez, será acercarse un poco más a la vida, una pequeña visión de la muerte. Y cambiará. Ella se sentirá mal por un lapso infinitamente menor que el de él. Tal vez lo olvidará entre la monotonía de las vidas vacías. Tal vez lo recuerde con la arrogancia de la lástima y de saberse impune. O quizá se arrepienta (me han dicho que eso ha sucedido alguna vez).

Ahora, que sin embargo es lo único que existe, lucen muy felices al frente mío, dándose besos cortos, tocándose levemente, sonriendo, mirándose con esperanza. Y yo no puedo decirles nada: quedaría como un loco al interrumpirlos y decirle “disculpe, vea, esta mujer lo va a volver mierda, no sé cómo, pero es que tengo esa sensación, o mejor, esa impresión desde que los vi subirse; no me miren así, no es mi culpa, de hecho esto nunca me había pasado, pero es que no puedo dejar de advertirle lo que esta mujer va a hacer (no le digo que creo que será dentro de poco, eso lo preocuparía aún más), no es culpa de nadie, viejo, esas cosas pasan, a todos en algún momento nos sucede y con el tiempo se entiende que es algo necesario, no es para que la odie ni mucho menos (ni a la vida ni a ella), en fin, la vida es así, pero mejor ya los dejo en paz, vean, esta es mi parada, me tengo que bajar” o algo por el estilo. Tal vez ni siquiera me pondrían atención, o me golpearían sin previo aviso. O ella me miraría asombrada porque no sabía que eso es lo que va a pasar, a lo mejor con mis palabras sembraría la duda, se daría cuenta de que eso es lo que quiere y que no había podido definir. O se reirían de mí junto con todos los que me oigan hablarles así, todo el bus fundiéndose en una sola carcajada brutal por mi intromisión. O me insultarían para que los dejara en paz. Y decido no decir nada.

Los sigo observando disimuladamente con sus sonrisas, sus besos cortos y sonrientes y mirándose con esperanza en medio de tanta gente que ya no mira o mira sin esperanza por las ventanas tan empañadas como sus almas, gente que ya ha perdido la sonrisa y los besos para siempre. Decido retirarme y me bajo del autobús sintiendo compasión por aquel muchacho, empatía por su situación futura. Luego recuerdo mentalmente la lista de compras, y me dirijo al cajero automático. Hace frío, pero no tanto como ayer.

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