Marcelo está sentado exactamente en la mitad del auditorio, escuchando palabras que a las 4 pm no significan nada, unas palabras que se pierden en el techo maravillosamente cóncavo y que divertidas rebotan aleatoriamente, impidiendo ser atrapadas, escapando con velocidad y astucia, desapareciendo en la tarde. Rodeado de sus colegas, esperando que el tiempo no se siga dilatando, inundado de luces amarillas absolutamente iguales a tantos auditorios, Marcelo, por primera vez en su vida, no sabía qué sentir. Muchas veces había estado sin saber qué pensar, muchísimas veces (quizá demasiadas) había estado sin saber qué hacer, otras veces no había sabido cómo fingir, pero esta vez la sensación era totalmente diferente, estaba un poco desubicado, como fuera de foco, algo borroso que solamente él podía ver lo seguía, imitaba sus movimientos, hablaba por él, le robaba toda emoción. Lo estaba oxidando, lo estaba haciendo olvidar.
Marcelo, que no reconocía a nadie a pesar de la cantidad de gente, se deslizó silencioso por un café durante la pausa programada. Mientras lo bebía observaba de reojo a los demás asistentes: antes los hubiera calificado despectivamente, ahora los admiraba. Antes se hubiera largado de ahí bien temprano -si se le hubiera dado la gana de asistir, además-, ahora estaba tomando un café para poder resistir mejor el par de horas que faltaban. Antes la ignorancia estaba plena de juventud y se transformaba en arrogancia estúpida, ahora la ignorancia, con los años, se había transformado en humildad. Antes. Ahora. ¿Qué era eso, de todas maneras? El «antes» estaba muerto, así que ya no importaba. (Y siempre es hoy, decía Gustavo). Estaba ahí, entonces, bebiendo ese café e intentando dilucidar qué era lo que sentía, trataba de darle bordes a esa sensación difusa que lo había infiltrado: si al menos pudiera definirla sabría (o eso pensaba) cómo enfrentarla o cómo derrotarla, “conoce a tu enemigo”. Sin embargo la sensación de que algo no estaba del todo bien se mantenía a pesar del café, a pesar del esfuerzo en tratar de poner atención en lo que se decía en esa tarde de llovizna tan liviana pero tan persistente como la duda en cómo debería sentirse. Era extraño no tener la tristeza tan pegada entre cada omoplato, era definitivamente raro no tener a la nostalgia babeando tontamente sobre su cara. Se dio cuenta de que ya no había necesidad de salir corriendo al bar, no se exigía ni ansiaba ese escape líquido que siempre le había dado algún resultado (en sus variedades malo, regular y bueno), y eso también era algo que no acababa de cuadrar bien en este reordenamiento de las cosas. Ahora era sólo café, era una tranquilidad desconfiada que Marcelo no podía evitar y que tal vez no quería evitar pero que no llamaba a gritos por miedo a espantarla, a que reaccionara y lo abandonara como lo abandonaban todas las mujeres y todas las esperanzas.
Salió del auditorio cuando todo hubo terminado, cumpliendo su deber, y le pareció que el día apenas podía moverse de tan pesado que se veía. Una masa gris cubría la ciudad -tan parecida ahora a su ciudad natal-, mojándola poco a poco, sin querer disolverse, densa y terca y con ganas de permanecer ahí un buen rato. Solamente quedaba volver a casa porque mañana había que trabajar.


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