De repente, como suelen aparecer las coincidencias o las desgracias (que a veces son lo mismo), te sentaste a mi lado y empezamos a hablar de las típicas cosas sin importancia entre dos personas que se acaban de conocer: qué haces, dónde, cómo, cuándo, y todo lo demás que exige la etiqueta, todo lo que se pregunta cuando no hay interés por el interlocutor. Hasta ese momento no te había prestado atención a pesar de que no había mucha gente en la fiesta, y eso me sorprendió un poco porque estabas hermosísima en ese vestido de verano (podría mover el verano un poco a la derecha si así me lo pidieras). Hablamos, decía, y tu amabilidad me hizo sentir muy cómodo en esa fiesta que ya empezaba a aburrirme debido al pésimo gusto musical del que hacía las veces de DJ (y que luego me enteré que era tu ex-novio: el tipo ya me caía lo suficientemente mal y ahora eso y su música de mierda); hablamos de todas estas cosas sin importancia y vi por fin tus enormes ojos color café y tu sonrisa enormísima que se negaba a dejarte: momentos así son los que hacen que esas reuniones valgan la pena. Estabas encargada de hacer los mojitos (los mojitos siempre me han sabido a limonada, ahora lo sabes), y mientras preparabas algunos dijiste que irías a la playa al día siguiente con esa amiga entrometida que acababa de aparecer de la nada (molesta como un zancudo a las 3 de la mañana), y yo, inexplicablemente, torpemente (fiel a mi tradición), dije que no iría porque la playa también me aburre, pero no te dije que contigo hubiera ido a todas las playas del mundo (y además te vería en bikini: eso justificaría todas las playas con su gente sudorosa, quemada, superficial y tan igual), entonces terminaste de preparar esos mojitos y todos bebimos muchos hasta que se acabó el ron, y durante ese tiempo bailamos alguna canción (y pensé en una canción que dice:
“Si sigues bailando tan cerca, tan cerca
Te sigues moviendo y me sigues sonriendo
Después no podrás esconderte, no…”
pero no te dije que estaba pensando en esa canción, no hubiera sido capaz de decírtelo, no sé cómo hubieras reaccionado) y seguimos hablando de alguna cosa, hasta que dijiste algo que más tarde me di cuenta fue lo que hizo que me sintiera infinitamente atraído por ti: me dijiste que te gustaba mucho Bogotá. Lo soltaste así, sin haberte pedido una opinión, tu frase salió espontánea, real e indiscutible y sobretodo magnética. Empecé a caer.
A eso de las 5:30 (o más tarde, ya no lo recuerdo) salimos para coger el metro, y yo no quería que esa noche-madrugada terminara nunca, quería que quedáramos atrapados en la infinidad de una caminata tan perfecta y tener nuestra historia de amor sin fisuras, pero no acababa de pensar en eso y apareció la primera grieta porque otra vez de la nada apareció la entrometida de antes (la entrometida de siempre) y se subió al metro con nosotros y, para rematar, se bajó en la estación en la cual yo me bajaba (esto no me sorprendió: hubiera sido totalmente anormal que hubieras sido tú la que se bajaba conmigo, es mi eterna mala suerte, es el tipo de cosas que pasan) y cuando ya estaba afuera de la estación de metro recibiendo el refrescante viento de la madrugada mientras iba subiendo la cuesta de la Avinguda República Argentina en ese verano que era casi mi último en Barcelona, sentí que esas escasas horas contigo habían valido la pena, que fue una buena noche a pesar de la mala música.
Vinieron luego un par de encuentros fortuitos, esos encuentros de 4,37 minutos en los cuales se habla de todo y de nada pero que me dejaban con una sonrisa de imbécil el resto del día. Y meses después vino otra fiesta en la cual estabas aún más hermosa que antes: yo te vi a la distancia pero había mucha gente y estabas hablando con alguien y no me viste, o creo que no me viste (quiero pensar que no me viste), y entonces te veía y te veía casi sin disimulo: estabas perfecta, no había nada en ti que fuera reprochable, yo iría con toda la furia del mundo a quien osara decir lo contrario. Así quisiera no podía quitarte los ojos de encima, rebelde mi mirada se volvía cada vez más frecuentemente y por más tiempo a tu ubicación porque estaba feliz de percibirte, de conocer la perfección, de deleitarse con tu presencia esplendorosa, la cual me llenaba de una esperanza que el tipo que te seguía hablando sin pausa no lograba minar. Para matar el tiempo hasta que llegara el glorioso segundo en que pudiera hablarte yo hacía lo de siempre: una cerveza, unas risas, unas críticas: todo para encontrar el momento perfecto para ir hacia ti en medio de ese mar de gente que se hacía más numerosa en el apartamento pequeño. Jugué el juego de la paciencia, como cuando los grandes felinos acechan (alguna vez vi a un loco que quería ser un gato y yo pensé que ese loco era un genio, todo muy ridículo, ya te lo contaré algún día, tal vez una tarde de domingo en la que estemos en la cama sin ganas de hacer nada más que hablar y reír y contarnos nuestras historias ridículas). Y el juego dio sus frutos, porque aproveché que estabas cerca para interrumpir la conversación que tenías con el tipo este (que resultó ser tu amigo de toda la vida y a quien se le notaba a kilómetros que estaba enamoradísimo) para saludarte y tener de nuevo esos enormes ojos café en mi dirección y esa sonrisa iluminándome la noche, y entonces, gracias diosa Fortuna, el tipo abandonó la fiesta a los 3 minutos porque tenía no sé qué cosa al día siguiente, tal vez el trabajo, o una cita, o un paseo (lo importante es que se iba) y nuevamente estábamos los 2 hablando y yo lentamente sintiéndome más atraído hacia ti, como si fueras pescadora y yo hubiera mordido el anzuelo. Y vinieron algunas risas y fuimos por un trago a la cocina, en donde estaba ese juego de imanes con palabras para armar frases en la nevera, y leímos algunas que estaban muy graciosas y otras no tanto, y de repente empezamos a armar nuestras frases, 5 minutos, 20 minutos, media hora ahí armando frases estúpidas y graciosas y tomando algo y riendo, y yo olvidaba que había una fiesta fuera de la cocina hasta que entraba alguien y nos veía reír y armar frases, pero luego se iban sin decirnos nada (o al menos creo que no nos dijeron nada) hasta que llegó otro de tus amigos y se quedó un rato leyendo lo que habíamos puesto, e intentó conversar, pero el tipo sintió que ahí no tenía cabida, sintió que estábamos en nuestro pequeño mundo de palabras y risas, entonces soltó un: “bueno, los dejo solos» alargando las «e» en bueno y las «o» en solos, ante el cual quedamos un poco estupefactos porque nos hizo volver a la realidad de la fiesta, nos destrozó nuestro pequeño mundo de frases estúpidas y graciosas, aunque a una parte de mí le gustó que hubiera dicho eso porque significaba que yo no era el único que sentía que había algo ahí, que no estaba loco (o al menos no tanto como el loco que quería ser gato pero que yo pensé que era un genio). Y el tipo se fue con nuestro pequeño mundo y menos de un minuto después me dijiste ¿salimos? pero yo no quería salir porque eso quería decir que nuestro pequeño mundo y nuestro pequeño momento se iban a ir para siempre, aunque igual te dije que sí, no tenía otra opción. Tratamos de integrarnos a la fiesta y alguien te preguntó a qué hora viajabas, le contestaste y luego me dijiste que ibas de vacaciones a tu país en un vuelo muy temprano en la mañana. Y como tenías que viajar temprano y la fiesta era en tu apartamento, llegó la hora de que todo terminara ahí y se nos trasladamos a otro sitio al cual no fuiste por lo del viaje. En la discoteca le pregunté a nuestra amiga en común lo que ya sabía pero tenía que confirmar, y ella me contestó: “sí, tiene novio”. No alarm and no surprises, es el tipo de cosas que pasan. Estuve un rato más en esa noche que acababa de perder todo el sentido y me fui aburridísimo.
Y la última vez que te vi fue en esa celebración de tu cumpleaños en la playa, que a su vez iba a servir para despedirme porque yo ya volvía. Estabas ahí con tu novio y casi no hablamos porque estabas bastante ocupada con tus invitados y yo no quería molestar demasiado, pero seguías hermosísima con tu sonrisa más brillante que el sol de Barcelona, y cuando la playa me aburrió (como siempre) y decidí marcharme, nos despedimos con un abrazo que sentí sincero y hubiera querido que durara eternamente (o al menos lo que deba durar un abrazo antes de volverse incómodo) y a los 2 días me fui en silencio y habiendo dormido poquísimo la noche anterior.
Unas 2 semanas después de que yo había vuelto, vi que terminaste con tu novio. Es el tipo de cosas que pasan.


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