Demasiado cansando como para comenzar a extrañar la ciudad que dejaba para siempre (pero «para siempre» puede cambiar a «por un tiempo». O puede ser para siempre). La noche anterior había sido intensa, una despedida como deben ser las despedidas: sin lágrimas. Hubo fiesta, comida, cerveza, whisky, rock, sexo y poco sueño, y todo eso estaba pasando factura en el larguísimo viaje hasta el aeropuerto. El trayecto se sentía largo en forma proporcional a la exagerada ingesta de alcohol de la noche. Recordó antes de tomar el taxi que algunos acompañantes, en medio de la borrachera y la nostalgia, se habían ofrecido a acompañarlo al aeropuerto: él por simple cortesía dijo que sí, pero no pensaba llamarlos, quería seguir manteniendo su despedida sin lágrimas. No los llamó. Estaba exhausto y ya no pensaba en nada de eso durante el viaje, ni siquiera pensaba en lo que ella había dicho unos minutos antes, después de esa madrugada de sexo sin amor y borracho, porque ya todo había terminado: se iba para no volver. Sin lágrimas.
En el recorrido vio los bellísimos edificios salpicados de la luz agradable de esa mañana y le parecieron más hermosos que antes: se estaban empezando a teñir de nostalgia. No tuvo tiempo de despedirse de todos los edificios ni de todas las personas que hubiera querido, pero dentro de todo podía considerarse satisfecho, habían sido unos buenos años y los recordaría afectuosamente. Vio los buses semivacíos, la poca gente que transitaba a esa hora (unos a trabajar, otros volviendo de la fiesta , todos somnolientos como él), y se sintió agradecido por todo lo que la ciudad le había dado, la gratitud se asomó por unos segundos en medio del océano de fatiga por una (otra) noche de excesos de los cuales ya no era tan fácil recuperarse, en especial esta vez porque no había dormido más de 10 minutos. Fue una buena noche, pensó, y los recuerdos llegaron entremezclados con el cansancio como las algas en las olas. Llegó al apartamento cuando la noche estaba iniciando su retirada (a pesar de haberse prometido que volvería pronto para poder dormir bien ante el largo vuelo que se avecinaba) y ya no tenía sentido acostarse, prefirió llamarla en lugar de descansar. Ella aceptó ir a pesar de que durante la noche casi no hablaron entre tanta gente y tantas despedidas. Esperó poco (no vivía tan lejos y todo trayecto a esa hora era rápido), sin saber exactamente porqué la había llamado a ella y no a otra, pero sin detenerse mucho en ese pensamiento. No importaba el porqué sino lo que venía, un sexo ya conocido y agradable, que no requería mucho para ser complacido y complaciente. No se podría decir que era el mejor (seguramente ambos habían tenido experiencias más memorables), pero era un sexo confiable, reparador. Se conocían hacía algunos años pero hasta hacía poco habían decidido (por iniciativa de ella) mantener encuentros casuales. A él eso le parecía bien, no tenía suficiente atracción por nadie para comenzar algún compromiso. Sexo conocido, reparador y confiable. Al llegar la hora de irse (de hecho se había pasado unos minutos, pero el tráfico estaría bien y llegaría a tiempo), ella lo ayudó a bajar algunas cosas mientras esperaban los taxis que los llevarían a sus destinos (nunca mejor dicho: él se fue y ella conoció el amor). Ella le dijo lo que quería decirle con palabras exactas, pensadas con anterioridad, pero que no tenían arrepentimientos ni dramas innecesarios. Despedida sin lágrimas, como les gustaba a ambos. Él subió por una última cosa al apartamento y dio un último vistazo a su hogar durante esos años, sabiendo que en algún momento vendría ese pequeño desgarro en el corazón que suelen producir estos cambios. Tal vez no fuera inmediato o en el vuelo a casa, pero ese desgarro se manifestaría en algún punto de su vida, probablemente cuando menos se lo esperara, era inevitable. Cerró la puerta con esa certeza.
Al salir a la calle vio cómo ella ya se iba en un taxi mientras que a él lo esperaba otro. El esfuerzo titánico para acomodar las maletas en el baúl a pesar de la ayuda del taxista le agotó la reserva de energía: dormiría en el trayecto. Ya estaba demasiado cansado como para comenzar a extrañar la ciudad que dejaba para siempre (pero «para siempre»…), por ahora el desgarro sería aplazado. El viaje al aeropuerto seguía y se sentía larguísimo; mientras tanto veía cómo la ciudad iba desapareciendo rápidamente, veía cómo los edificios hermosos mutaban a edificios normales, comerciales, a la nada, cómo esos últimos años se estaban quedando ahí hasta que la memoria se lo permitiera, contemplaba por última vez la salida del sol en esta parte del mundo, tan igual y tan diferente a su parte del mundo, y pensó en algunas cosas a las cuales tendría que acostumbrarse de nuevo al volver.
En el aeropuerto, después de un check-in más rápido de lo que esperaba, intentó desayunar sin hambre y al final se decidió por tomar jugo de naranja ya que la resaca cada vez se demoraba más en soltarlo, no quería soltarlo, se estaba apegando demasiado, todo lo contrario a lo que sentía él por la vida. Luego durmió en una mala posición sobre una de las mesas, sin soñar nada y con dolor de cuello al despertar. Adiós. Sin lágrimas.


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