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EL ALMA Y EL CUERPO.

Viendo cómo la luz del sol se pegaba diagonalmente al paisaje montañoso casi dorándolo de un lado y conservando el verde intenso del otro mientras avanzábamos por la carretera, sin pausa en ese atardecer de primero de enero en el que volvíamos a Bogotá, subiendo la inolvidable cordillera de los Andes, recorriéndola por la espalda mientras el sol se recostaba sobre ella como desde hace milenios, oyendo «el alma y el cuerpo» todo el tiempo, poniendo el oído y los ojos en el alma y el cuerpo de esa Colombia a la que es imposible decirle que ha derramado toda su sangre porque siempre sigue sangrando donde uno lo espera y también donde no se espera, que a pesar de estar al borde de la anemia se mantiene hermosamente verde y naranja con su paisaje de cordilleras y soles y atardeceres en carretera que yo casi había olvidado porque esos paisajes solamente se aprecian cuando uno se va y los vuelve a ver en toda su dimensión con los ojos de la memoria y de la nostalgia, los vuelve a ver en atardeceres de 1 de enero y esas imágenes se meten suavemente rodeando el corazón y ya no se pueden quitar y se inflaman y duelen cuando uno las extraña.

Avanzamos por la carretera mientras la mirada se concentra en ese sol y esos árboles de los que no conozco el nombre, en las formas de las montañas lejanas, en la gente borrosa por la velocidad que llevamos, veo las entradas de los condominios finos y las casas casi derruidas que venden leche de coco o vino de palma peligrosamente al borde de la carretera, veo personas en los otros carros que no sé si piensan en la belleza de las montañas o en cualquier otra cosa más mundana, adivino a los niños sin camiseta que se escapan de sus madres, adivino a las madres cansadas de perseguir niños todo el tiempo sin que tengan un sólo segundo para ellas mismas, veo todo ese millón de cosas hermosas y horribles que son un pedazo pequeño pero definitivo de Colombia, con todos sus defectos y tristezas y sus pequeñas alegrías y actos bondadosos o sus millones de actos crueles, definidos todos por vivir entre la naturaleza perfectamente hermosa y lo horrible de los actos de los colombianos, ese contraste perpetuo y doloroso entre lo bello y la tragedia, entre lo sublime y lo humano; sensaciones que se van agolpando día a día en la mente y que ha llevado a que estemos casi anestesiados por todas las cosas que pasan y llevemos el día a día como mejor se pueda.

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