Barnum Effect presenta

By

DENTICIÓN

Bogotá, con su caos perenne. Bogotá con su clima impredecible que hace que la vida sea un poco más divertida, que hace totalmente innecesaria la monotonía de las estaciones, que siempre hace que uno se pregunte cómo vestirse y le haga cargar más o menos ropa de la que va a necesitar, porque muy probablemente no se acertará el atuendo. O mejor dicho, se acertará sólo por un rato, porque el tiempo volverá a cambiar cuando menos se lo espere. Y entonces sobrará o faltará ropa, inevitablemente. Bogotá y su desorden vivido durante muchos (demasiados) años, su histeria en cada esquina, en cada carro y en cada trancón interminable. Su crueldad y su indiferencia. Sus calles destrozadas por esa misma crueldad e indiferencia tan larga como su caos. Bogotá y sus tardes (a veces) soleadas reflejadas en sus ladrillos rojos de sus edificios y casas (de sus dientes y huesos), recordándonos toda su belleza. Bogotá de atardeceres naranja como si se fundieran los colores de su bandera. O sus tardes lluviosas de domingo en las que el nombre del placer es quedarse en casa con una buena cobija, rindiéndole culto al ocio de la manera que más le gusta: no haciendo nada. Oír como pega la lluvia en las tejas de barro mientras las nubes intensamente grises sueltan toda su carga sobre la ciudad con la misma intensidad de su gris, como lavándola o tranquilizándola, intentando que por un rato sea silenciosa, enfriando su enojo y llevándola sin disimulo a un estado de somnolencia: la lluvia como sedante. La lluvia que no respeta nada y cae cuando le da la gana, la esperen o no, en donde sea, porque todos se tienen que acostumbrar a ella (dice la lluvia) o no podrán vivir en Bogotá. Así Bogotá tenga sus brazos abiertos para todos, si no se acostumbran a que la lluvia aparezca cuando le da la gana, la esperen o no y en donde sea, no podrán vivir en (o al menos acostumbrarse a) Bogotá. Y la lluvia también logró meterse en los bogotanos, quienes prefieren la ciudad mojada, nublada y fría, que es como nació y como todo bogotano, si pudiera escoger, la mantendría. Pero Bogotá es tan magnánima que a veces se conmueve del resto de habitantes y les da días de sol, días extraños en los que se puede salir sin chaqueta y todos se quejan del calor, desacostumbrados al calor de verdad.

Cuando Marcelo se fue, Bogotá estaba iniciando su transformación. La ciudad fue cambiando sus dientes de leche durante su ausencia y ahora tenía casi completa su dentición definitiva: inmensas filas de edificios se encontraban ahora en el lugar donde antes estaban las casas grandes, con jardín, con ventanas enormes y puertas hermosamente adornadas, puertas que tal vez fueron tocadas por jóvenes en busca de sus novias una tarde cualquiera de épocas más lejanas con clima más frío, de cierta inocencia y ambiente más provinciano o familiar, o ese pueblo grande que ahora yacía sepultado bajo miles de apartamentos donde antes hubo barrios clásicos llenos de niños que corrían por la calle, de tiendas amigables que fiaban, de saludar a los vecinos (y saberse todos sus chismes y ellos los nuestros), de domingos en la tarde llenos de siesta después de almorzar, o de café o chocolate o aguadepanela calientes, o del partido contra los del barrio vecino después de haber ido a los videojuegos, o del abrazo de la abuela y de esperar que pasara la lluvia para poder salir a jugar por las calles semivacías acompañado de los primos y amigos y luego subir al árbol altísimo y correr y gritar.

Sentía algo de nostalgia por todo lo que desaparecía al perder esas casas enormes, e imaginaba las múltiples vidas posibles en esas casas que desaparecían a un ritmo ahora vertiginoso, esas vidas que veía pasar cuando salía a jugar toda la tarde de olor a lluvia y a pavimento húmedo, esas vidas de las cuales desconocía que había pasado y que probablemente ya hubieran terminado. Y había vivido una parte de esa transformación, había estado en la fase embrionaria del inevitable cambio y luego se fue pero cuando volvió se dio cuenta de que muchas cosas eran diferentes y el pueblo grande de su infancia ya había desaparecido para siempre, como su propia niñez, y ahora la ciudad había cambiado su dentición y su ciudad ya no era su ciudad, y tendría que acostumbrarse a eso.

Previous/Next

Deja un comentario