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COSAS MUCHO PEORES SE HAN HECHO POR AMOR.

Me dijiste que no te gustaba el verano, que odiabas el calor. A mí no me gusta verte sufrir y supe que tenía que hacer algo al respecto, supe que nadie más que yo podría buscar una solución. Entonces robé el verano. Bueno, no lo robé, en realidad lo tomé prestado, lo trasladé para que no sufrieras, únicamente lo moví un poquito más hacia la derecha. Ojo, no soy egoísta, sé que hay gente a la cual le agrada el verano (sí, pienso igual, hay gente rara en el mundo: existen personas a las que le gusta el calor y les gusta madrugar, un absurdo espantoso), entonces tomé un poco de calor y lo repartí, generoso como soy, por playas y océanos y mares, en un derroche de caridad con el género humano. A veces tengo estas cosas. Me monté en la bicicleta y repartí el calor en porciones iguales, no quería estar lidiando con reclamos después (todo mi después es para ti). Y sin buscarlo tuvimos una ganancia inesperada con esta decisión: la gente se iba a las playas, dejándonos nuestra enorme y hermosa ciudad casi para nosotros dos. Así pudimos disfrutar más de nosotros y de la ciudad, nuestras cosas favoritas.

Pensé en todo: guardé un poco de verano para las noches, lo suficiente para poder salir en paz a beber algo o a pasear por ahí, pero no tanto como para no poder dormir tranquilos. Los meteorólogos, los noticieros: todos se preguntan qué ha pasado con el clima y, como todos los años, pronostican los inviernos más fríos desde la época de los mamuts y los tigres de dientes de sable (¿existe un nombre más descriptivo que “tigres de dientes de sable”?): es entonces cuando empiezan a surgir el miedo y la histeria tan característicos de esta época tan rápida e inmisericorde en la que el miedo y la histeria se propagan como virus pero que no nos atrapan porque ambos sabemos que simplemente moví el verano un poco a la derecha para que estuvieras más cómoda, para que no sufrieras ni te tuvieras que bañar 4 veces al día y no estuvieras de mal humor trece segundos después de salir de la ducha y también, para qué negarlo, para verte con esos vestiditos que te hacen ver tan hermosa. El verano me dijo que no había problema, que él también era un romántico, que entendía lo que yo estaba haciendo, que cosas mucho peores se han hecho por amor, que incluso él (sí, créelo mi amor, el verano) había hecho locuras por amor allá en el comienzo de los tiempos, en el prototiempo de la tierra, cuando las estaciones y la tierra estaban pactando con el sol cómo se iban a organizar, cuando negociaban el sueldo y las vacaciones, mucho, muchísimo antes de los mamuts y los tigres de dientes de sable, cuando tú, yo, los mamuts y los tigres de dientes de sable podríamos no haber existido nunca; me contó que siempre, desde el primer día, estuvo enamorado del invierno (después me dijo, triste, que su amor por el invierno era algo imposible: nunca podrían estar juntos a menos de que uno desapareciera, a menos de que causaran un cataclismo apoteósico, y ahora se conforman con verse de lejos y andar con el corazón roto) y que entendía perfectamente lo que yo quería hacer y no opuso ninguna resistencia, incluso ayudó a que yo moviera su pesado cuerpo un poco a la derecha (dudo que hubiera podido moverlo sin su ayuda), todo para hacerte feliz y para que estuvieras más cómoda. Y para que yo pueda verte en esos vestiditos de verano que te hacen ver tan hermosa.

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