Llamo al ascensor mientras intento que el sueño se aleje un poco, no mucho, lo suficiente para volver a casa sin accidentes, pero sin espantarlo porque no quiero terminar revolviéndome en la cama como si me hubiera atrapado una corriente submarina, invisible y fría. Presiono sin ganas el botón que ilumina toda la planta como si fuera un sol en miniatura, una estrella moribunda y helada que sin embargo es el único punto brillante en toda esta ciudad durmiente. Pongo a trabajar al ascensor y lo oigo crujir, lo oigo quejarse, casi puedo apostar a que me está maldiciendo en su antiguo lenguaje de cables y poleas (debo entrar en él con cuidado porque si quisiera podría asesinarme o al menos asustarme como nunca, terrible puede ser su venganza: se sabe que a los ascensores hay que tratarlos con cuidado y respeto, especialmente si uno va solo a altas horas de la noche, que hay que subirse en ellos con autoridad, sin manifestar ningún miedo porque ellos pueden olerlo y al saberse temidos se aprovecharán de ese poder casi siempre para el mal, querrán desquitarse de las labores diarias, de tanto peso y de tanto esfuerzo; se sabe también que hay que ser prudentes cuando las puertas se abren para poder ingresar pero que tampoco hay que tener una excesiva confianza, no hay que mostrar arrogancia cuando uno se sube porque eso no les gusta y si los ascensores notan una brisa o una gota de engreimiento se pondrán huraños y cascarrabias: los ascensores nacen viejos). Lo oigo subiendo pesadamente, respirando con la dificultad de un gordo en una cuesta o en unas escaleras, y estoy a punto de decirle que me disculpe, que estoy un poco cansado y por eso lo llamo a esa mala hora (para él), que mi pereza y mi cansancio me impiden descender por mis propios medios (por mis propios miedos) y que por eso oprimo el botón que tanto debe odiar y que no deja de imitar a una estrella moribunda, pero estoy cansado y no le digo nada, solamente quiero dormir y para eso debo subir con seguridad y sin arrogancia (muchas muertes en ascensores no tienen una explicación lógica: nada ha fallado, nadie dio aviso de estar en problemas, no hay testigos. Crímenes perfectos. Esto lo sospecha la policía, lo sospechan los conserjes y la gente de la limpieza, pero no hay manera de probarlo y tampoco pueden comentarlo en voz alta porque saben que correrían con la misma suerte de otras víctimas. Y cuando lo han comentado conserjes, gente de limpieza y policías retirados a quien quiera oírlo, nadie les hace mucho caso, suena inverosímil que una máquina tenga una personalidad, y peor aún, una personalidad asesina, y todo sumado al hecho de que si esto fuera cierto y se vetaran los ascensores la gente tendría que subir por las escaleras, y hay pocas cosas que la gente odie más que subir las escaleras (tal vez odien más a los lunes o tener que devolver un favor o ver que otra persona alcanza la felicidad, pero de todas maneras odian más el hecho de tener que subir las escaleras que el riesgo de morir y la irritabilidad de los ascensores, por lo que todos deciden olvidar cualquier comentario al respecto, negando la realidad así les cueste la vida). Oigo y espero y en la espera noto que soy el causante de que el ascensor produzca la única luz y el único sonido en toda la ciudad (en todo el universo), luz y sonido que se cuelan en la noche irreverentemente, orgullosos de hacerse sentir, siendo mis cómplices, y eso me gusta.
Y me imagino todo ese recorrido y recuerdo todas las historias macabras de los ascensores mientras me envuelve el frío que lo domina todo afuera a las 3 de la mañana de este ahora lunes después de un domingo magnífico. Pienso en lo bien que se ha sentido dejarse invadir por la felicidad por unas horas (especialmente después de la decepción que trajo la locura), en lo difícil que me será levantarme a trabajar, y no me preocupa. (Si pudiera estirar el tiempo, si pudiera amasarlo entre mis manos, lo primero que haría sería tener unos largos desayunos en la cama contigo, desayunos de café caliente en mañanas frías, de jugo color atardecer).
El ascensor por fin llega y abre sus puertas, con una iluminación débil que viene y se va caprichosamente (y que recuerda las películas de terror: tal vez los ascensores hagan esto intencionalmente para irnos inyectando miedo, preparándonos para lo que quizás venga), con sus paredes descascaradas de verde y metal que me reciben con frialdad, y más que nunca deseo que la vida sea eso: aguardar a cualquier hora a un viejo ascensor que se queja sin preocuparme por nada (excepto que el ascensor ejecute una terrible venganza aprovechando que estoy pensando en ti) mientras el amor duerme a pocos metros.


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