Barnum Effect presenta

By

LA HERMANDAD FELINA.

Desde muy pequeño lo intuía, sentía cómo se movía sigilosamente entre mis venas, enredado en mis carnes escasas, cómo era secretado con paciencia dentro de mi cabeza: el deseo de ser un gato siempre estuvo en mí, no puedo (o quizás no quiero o no me importa) recordar ningún deseo anterior a ese, mi único deseo permanente, irrenunciable y verdadero. En la calle observaba a los gatos fijamente, fascinado con sus movimientos de cazador invencible (cinética danzante), maravillándome con su belleza y su plasticidad, con la perfección de sus cálculos. Me miraban también los gatos sabiendo que yo los entendía y los admiraba, que compartíamos el orgullo de sabernos superiores a cualquier otra criatura que ha puesto pata, aleta o abdomen en este planeta que nos pertenece y que no entiende la importancia de la libertad que a nosotros nos sobra, que nos vibra en el cuerpo y que a veces nos duele, como si fuera una especie de alfiler en el corazón o un peso que no nos deja respirar. Porque cuando la libertad se hace así, inmensa e intolerable, es cuando decidimos huir, cuando resolvemos irnos a cualquier parte para no ser encontrados, caminamos hasta que todo lo demás duela para que la libertad se sienta complacida y deje de herirnos allá donde no podemos tocar porque no es tangible esa gelatina que empieza a inundarnos y a apretar por dentro a menos que nos vayamos lejos, sin parar, sin pensar en nada que no sea drenar esa libertad y el momento en que deje de doler. Volvemos entonces, cuando la libertad está tranquila, dejando perplejos a los humanos (a quienes permitimos, magnánimos, compartir un espacio con nosotros), vemos con cierto regocijo su estupefacción porque no logran entender nuestra naturaleza, nuestra esencia, nuestra libertad que nos lastima, nuestras siete vidas que no son un mito: he visto con mis propios ojos gatos que, siendo muertos de cualquier manera, aparecen al otro día maullando un poco hastiados, acostumbrados a burlar a la antiquísima muerte. Es más, yo mismo, que recuerde, he perecido unas 4 veces: la primera vez morí obligado en una de las eternas guerras de mi país, en un día lluvioso en el que la niebla no nos dejaba adivinar que nuestra hora (no mi hora, pero entonces no lo sabía) había llegado. Luego, cuando mis compañeros y superiores (que, si somos estrictos, no eran lo primero y mucho menos lo segundo) me vieron vivo e intacto (y sorprendido, la verdad sea dicha), su miopía y estupidez los llevó a pensar que yo había huido de la batalla y acabamos mi sorpresa, mi incredulidad, mis dudas y mi cuerpo todavía adolorido, todos muy juntos depositados en la cárcel, lo cual constituye, como ya habrán adivinado, una tortura inimaginable para alguien como yo, especialmente cuando la libertad comenzaba a picar, a arder e incomodar sin compasión.

Pasaba los días hurañamente, tratando de soportar lo mejor posible ese dolor que me iba oxidando para intentar romperme con mayor facilidad, vivía (si a eso se le puede llamar vivir) solitario, cavilando en la manera de poder manejar el dolor de la libertad comprimida, retraído: una actitud que a mis compañeros de presidio (decir “compañeros” es exagerar nuestra relación) le pareció francamente antipática y, por lo repetitiva y por ese ambiente de poca paciencia y mucha necesidad de querer demostrar la hombría a través de la violencia, constituyó suficiente motivo para realizar un ataque sorpresivo y feroz mientras yo, pensativo, adolorido y ciertamente enojado por no poder resolver mi situación que sabía iba a empeorar (pero no a ese nivel, lo confieso, solamente imaginaba alguna paliza, una puñalada de advertencia, un corte en la cara), miraba el techo de mi celda. No entendían nada cuando les avisaron que yo estaba vivo, estaban seguros de haberme destrozado (y tenían razón), de que la sevicia de sus ataques había sido suficiente para acabar con mi existencia. 

Lo que al principio parecía la peor de las desgracias, ya que ahora además de encerrado tendría que estar hospitalizado, en realidad se volvió, con un movimiento ágil de felino, un golpe de suerte: gracias al ataque y a que nadie tenía el tiempo de dedicarse a mi caso ante la urgencia de la guerra, una vez fui dado de alta del hospital me dejaron libre. Libre para poder calmar mi libertad, pensé, y maltrecho empecé a recorrer la vida sabiendo ahora lo difícil que sería para la libertad poder apretarme y para la muerte poder aniquilarme: varios meses o años después me accidenté al conducir ebrio y a toda velocidad (arrogante ante la muerte, retándola a que me llevara sabiendo que no podría hacerlo, tentándola de todas las formas y escapándome en el último segundo). Iba borracho como tantas veces en las que no tuve ningún problema pero esa vez estrellé el carro al abrirme mucho en esa curva (un clásico error de exceso de confianza), desarmándolo, reventándolo en incontables pedazos, transformando lo que había sido una máquina excepcional en un montón de metal inútil. El impacto que desintegró el carro también lo hizo conmigo y todo estuvo oscuro por un tiempo que no puedo precisar pero que quizás no fue mucho porque lo siguiente que recuerdo es la expresión de terror e incredulidad de los policías y de los curiosos cuando yo ya estaba cubierto con la clásica sábana blanca y me levanté preguntando si me podía ir: fue una situación realmente hilarante (para mí únicamente, claro).

Seguí vagando y seguí bebiendo y seguí siendo arrogante durante otros muchos meses o años, ya con conciencia plena de mi capacidad de esquivar a la muerte o de que me retuviera: en un bar que hizo honor al apelativo “de mala muerte”, a manos de un abogado que se enfureció porque le estaba quitando a ‘su’ mujer, recibí un par de tiros sobre mi orgulloso corazón. Dos tiros porque el tipo consideraba a las mujeres en general y a esa mujer en particular como suyas. En el hospital calificaron de milagro mi supervivencia improbable; con términos científicos que yo ignoraba y que no me interesaban demasiado me explicaron que estuve muerto (según la definición tradicional de “estar muerto”) y luego volví a este lado materialista de las cosas sin que hubiera ninguna explicación posible. Cuando vi que mi reacción casi impasible ante la noticia no era la que ellos esperaban lo atribuyeron a que seguramente yo estaba en shock (cuando estaba exactamente en el lado contrario a eso): fingí estar agradecido, lo que se sentía como si uno tuviera que agradecerle al conductor que se detiene en el semáforo en rojo o al fútbol por ser hermoso. Me di cuenta de que tendría que disimular más a partir de entonces, supe que era una suerte el hecho de que nadie en este hospital me hubiera visto antes y entonces vi claramente que cabía la posibilidad de que en algún momento alguien me reconociera ante lo llamativo de mis visitas a los hospitales de mi ciudad tan dura y lluviosa, lo que podría ir en contra de mi deseo inmenso de anonimidad. Una vez recuperado, como pude saqué un pasaporte y decidí marcharme por el mundo, con ritmo y destino abiertos. Viajé y llevo viajando días que se fueron encaramando uno sobre otro para volverse meses y luego años, quinquenios, décadas. He conocido y ganado sabiduría en mis viajes, he estado en toda situación imaginable, he visto repetir las mismas historias una y otra vez, eternamente, cíclicamente, las mismas vidas, los mismos amores, las mismas muertes heroicas y ridículas, innecesarias muchas veces, inevitables todas, he disfrutado y sufrido gran variedad de lugares: en todos los sitios alegría y tristeza infinitos conviviendo increíblemente cercanos pero sin mezclarse, a micras de distancia, al igual que la belleza y la fealdad del mundo. Y perdí mi pasaporte.

El tiempo me ha aguzado aún más los sentidos y les he sumado experiencia: durante todos estos meses y años he conocido gente como yo, muy escasa y con las mismas ganas de libertad pinchándoles los riñones, pero que aún no se ha dado cuenta totalmente de lo que quiere y de que la libertad está ahí dentro de ellos. O tal vez se dan cuenta y ceden ante el miedo, no soportan la liviandad que trae tanta libertad así de golpe, amplia, sin fronteras, titánica, no quieren sentir la magnificencia de ser libre, las manos no les alcanzarían para abarcar esa inmensidad y prefieren la placidez de lo conocido. Ya no me molesto en guiarlos ni en explicarles que toda esa incomodidad durante el día, ese sueño que se va en las noches, esa rabia contra los seres queridos que aparece de la nada, esa frustración y ese resentimiento, todo eso proviene de la libertad queriendo salir, manifestándose en formas perversas, corrompiéndolo todo al sentirse oprimida. No comento nada porque sería desperdiciar mi valiosísimo tiempo. No crean que no lo intenté, hubo una época en la que intentaba explicar, razonar, darles a entender, pero todo se sentía como hablar con una piedra, como si mis palabras fueran arena que se deja acariciar por el viento en sus mentes cada día más temerosas y enganchadas a las mentiras. Y me rendí, renuncié a querer hacerlos entender: no era mi vida la que se iba a ver afectada, no era mi vida la que se iba a ir convirtiendo en un desierto, no soy yo el que tiene únicamente una vida ni el que la desperdicia viendo realities. Además, no sobra recordar, cuando yo les hablaba de todo el daño que les hacía su libertad reprimida, de todos los punzones que les daba esa libertad-erizo metida en el pecho intentando buscar una salida, lo único que conseguía sumar al rechazo visceral a la verdad que les contaba era que pensaran que yo estaba loco y que comenzara el proceso inexorable de que se fueran alejando, poco a poco me iban haciendo a un lado de la misma manera en que iban haciendo a un lado sus verdaderos deseos, empujándolos despacio hacia un rincón oscuro del cual tenían la certeza de que no saldrían vivos, de que se ahorcarían con las cadenas de la resignación, así hasta que ya no volvía  a saber nada de las personas que me acompañaron en algún momento de mi vida felino-sapiens. Tal vez en algún momento me preocupé por ellos, quizás quise salvarlos de su propia decadencia y que multiplicaran sus vidas tal como lo hice yo, pero únicamente obtuve rechazo y seguramente burlas (que nunca me dijeron a la cara, siempre cobardes). Después comprendí que eso no es tan importante, lo que realmente me disgusta de todo el asunto es tener que soportar tanta estupidez y tantas mentes desgastadas, romas, obtusas por el miedo. Por eso decidí, ya que el camino estaba ciertamente adelantado, alejarme de cualquier relación cercana o de cualquier lazo afectivo (no se pueden tener lazos si se quiere ser libre) y me instalé (al menos por ahora, hasta que la libertad empiece a apretarme otra vez) en esta ciudad que me gusta tanto y en donde no conozco a nadie, una ciudad que como todas las ciudades me considera uno más de un inútil y enorme ejército de nada y en la que a nadie le importo, en la que estoy acompañado solamente de un morral que se ha ennegrecido por los días y la dureza del pavimento, donde hago parte de la masa deforme llamada humanidad, esperando, observando, divirtiéndome coloreando libros para niños, regalando flores, caminando, dejando pasar suavemente los meses y los años para que se complete mi transformación y pueda unirme plenamente a la Gran Hermandad Felina, hasta el fin de los tiempos.

Previous/Next

Deja un comentario