El sonido se siente, pasa como una vibración desde los pies hasta el pecho, contundente, aterrador y estremecedor porque, aún sin saber a ciencia cierta la causa, sin ver qué lo produjo, intuitivamente conozco la respuesta con la misma certeza que tenemos de que va a amanecer. Y como lo sé no quiero reconocerlo, hago una negación absolutamente consciente del origen de esa resonancia (con ecos de tragedia) en todo mi cuerpo. Pero que uno niegue las cosas no hace que desaparezcan, no puedo ignorarlo por más tiempo, es inevitable tener que confirmar lo que supe desde el primer momento.
Miro a mi izquierda sin sorpresa pero con horror por ver materializado algo que un segundo antes aún pertenecía al terreno de lo inexistente (para mí), algo que hacía tan poco no estaba ocupando ese espacio en este tiempo, estaba confirmándose ante mis ojos lo que pensé cuando vibró en mí el sonido, abandonando mi plano mental para pasar al físico (que a su vez acaba de dejar, todo muy paradójico): está ahí ese cuerpo que yace quieto en mi terraza, inmóvil como la misma noche parece estarlo. Tiemblo. Cierro los ojos. Quiero imaginar que esto no está pasando (pero ya lo dije, no porque uno se niegue las cosas éstas desaparecen). Luces se encienden mientras tanto. Gritos. El tiempo toma esa forma caprichosa que suele adoptar cuando hay una tragedia, es decir, todo es rápido pero simultáneamente todo es lento: un tiempo caprichoso y cauchoso. Mantengo mis ojos cerrados, quisiera cerrar mis oídos, pero todo es inútil, la realidad nos está pisando la cara y el pecho. Debo salir. Ya han llamado a la ambulancia, a la policía, al conserje, al dueño del apartamento, a la vecina, al perro.
Inspiro y me preparo para lo peor, pero lo peor no es como yo imaginaba: es peor. Sangre, partes de hueso y pelo, masitas gelatinosas que imagino son parte de cerebro. Por alguna razón tiene roídas las piernas. Las arcadas aparecen, nunca he soportado ver la sangre y ahora tengo que ver esto. Las arcadas, las náuseas, el pequeño mareo que viene sorpresivamente: nunca pensé que un cuerpo humano me pudiera afectar tanto. Aunque, para ser sincero, difícilmente podría clasificar esto que estoy viendo sobre mi terraza como humano, a pesar de que seguramente lo era hasta hace tan poco. Un humano con sus mañas, sus manías, sus fobias, sus odios, sus acciones. Tal vez con amores.
Llegan todos a los que han llamado, aparecen en mi puerta, frenéticos. Ven mi palidez, mi cara de angustia y asco, y me hacen preguntas. Balbuceo algunas respuestas, no sé exactamente qué me preguntan, no sé exactamente qué les respondo, pero al parecer no digo nada que les sirva o que al menos sea coherente. Mencionan que es un hombre el que está ahí tirado. O era. Puede ser. Oigo que alguien dice que es el del 10º piso. El del perro. No sé cómo se llama, creo que nadie sabe. Como en todos los edificios de las ciudades, nadie conoce a nadie, nadie se saluda en el ascensor, todos tenemos pánico del otro. Mil conocidos, quinientos amigos en las redes sociales, ningún amigo en la vida real. Algún otro menciona que el hombre (ex-hombre) vivía con su novia desde hacía algunos meses, pero nadie puede confirmarlo. Ya veo venir la desinformación, las opiniones no pedidas. El caos. El tiempo sigue cauchoso aunque ya con la tendencia a transcurrir normalmente, cansado de jugar con nosotros y nuestros dramas.
Todos los chismosos van desapareciendo poco a poco, satisfecha su morbosa curiosidad. La policía informa que no hay nada que haga pensar que fue asesinato ni nada criminal (algún vecino se decepciona por esas declaraciones, quería algo de emoción en su vida, es el efecto secundario que produce condimentar una vida mediocre viendo tantas películas de acción). Cada vez somos menos (yo voy ofreciendo gaseosa o agua a todos, alguno pidió una cerveza pero yo me negué porque mi cerveza es solamente para mí, aunque muchos interpretaron mi negativa como una muestra palpable de integridad y decencia -que en realidad no tengo, pero ellos no lo saben-), luego nadie me vuelve a preguntar nada. Después el cuerpo es llevado ceremonialmente a la morgue y al final veo a alguien con una manguera limpiando la terraza, desapareciendo la evidencia de una vida desaparecida. Sigo temblando y sé que no podré dormir esa noche a menos que beba un par de whiskeys. Todavía siento ese sonido retumbando dentro de mí cada vez que recuerdo ese episodio, cada vez que alguien muere o habla de la muerte. Vibra y resuena recordándome a aquella persona que no aguantó más (por cualquiera hayan sido sus razones, no importa, era su vida y ahora es parte integral de la tierra de donde todos venimos), pero nunca lo menciono, nunca le cuento a nadie que el sonido habita en mí para recordarme la fragilidad que somos y que insistimos en olvidar. Desde entonces, además, saludo a todos los vecinos con los cuales me encuentro. La mayoría responden el saludo, otros simplemente pasan rápidamente para esquivarme o para cumplir con esas obligaciones que los hacen tan infelices. El que me pidió la cerveza nunca me saluda.
No fui a trabajar los 4 días siguientes y todos fueron comprensivos, excepto Luisa, que siempre me ha odiado un poco. O tal vez es que le gusto, todavía no he podido saber bien.


Deja un comentario