Me levanto despacio. Veo a mi mujer acostada a mi lado, profundamente dormida, en esa posición tan suya, con esa respiración tan característica como el hecho de que se lleve todas las cobijas en la noche mientras yo tiemblo de frío, pero luego recuerdo que ella ya no está aquí. Tomo aire. Mi cerebro queda en blanco por algunos segundos. Ni un sonido en la habitación, en la calle, en el mundo (excepto, por alguna razón, el de la respiración de ella y el de un ascensor que va subiendo y que se oye como si estuviera maldiciendo en un antiguo lenguaje de cables y poleas). El sueño se fue (aunque lo más correcto es decir que nunca llegó) dejándome mirando el titilar del reloj despertador y de las notificaciones del celular con su parpadeo brillante, gélido y monótono. La noche me ve levantarme con la agilidad de un gato (¿qué se sentirá ser un gato?¿Qué se sentirá tener toda esa libertad?). Bebo agua en la cocina, mojando el silencio mientras lleno el vaso que queda medio vacío según algunos, o medio lleno según otros, pero en realidad lleno de agua y aire. Vuelvo a la habitación y la recuerdo en su posición, su quietud interrumpida únicamente por su respiración. Quieta estaría ella en esta noche, quieto estoy yo desde hace unos años, inmóvil, estático, estatua que no homenajea a nadie o que homenajea a las vidas intrascendentes. Cansado de todo. Desde hace un tiempo con una sensación que pincha los riñones pero que no sé a qué se debe: los exámenes salieron normales. Con ganas de salir a caminar hasta que se me destrocen los pies, que queden tan destruidos como si se los comieran las ratas, de salir en cualquier dirección y no parar hasta que el malestar se vaya para siempre. Con ganas de sentir algo diferente al frío que me daba cuando ella se enredaba entre las cobijas.
3:32 a.m. en el celular.
Abro la ventana.


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