Barnum Effect presenta

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CUANTAS BOFETADAS FUERAN NECESARIAS.

Claro, ahora no les servimos para nada, somos etiquetados, rechazados, separados de los demás. Encerrados en nuestros tormentos y en habitaciones tan oscuras como nuestros pensamientos, muchas veces anestesiados, alelados, también nos inyectaron el veneno de la culpa desde la infancia. El mundo, dicen, ha cambiado (aunque nosotros sabemos que el ser humano nunca lo hará): cambiaron los ropajes, los gobiernos, las leyes, y nosotros seguimos igual. Siempre hemos existido, siempre existiremos con mayor o menor libertad para ser nosotros, para ser humanos.

No son buenos tiempos estos, pero tuvimos nuestra época de gloria, tuvimos miles de años en los cuales fuimos el centro de la sociedad, el nervio de la humanidad o de ese embrión de humanidad que entre todos formábamos. Creamos la lanza, el cuchillo, la honda. Le dimos nuevos usos al fuego, a la piedra ancestral. Gracias a nosotros llegamos a sitios inimaginables, conquistamos terrenos y pueblos agrestes y difíciles o pacíficos y dóciles: llegamos a todas partes, las hazañas eras todas nuestras, las leyendas tenían carne, hueso, pelos: éramos nosotros. La sangre era y será siendo nuestro combustible, nuestra motivación y nuestra religión, nuestra razón de ser y de lo que hacemos.

Cuando las cosas eran mucho más duras, cuando el mundo aún estaba sin domesticar y quería deshacerse de esas nuevas criaturas que se estaban multiplicando en su espalda sin pausa, estuvimos ahí para agarrarlo con firmeza, darle una bofetada y hacerle entender que había un nuevo dueño, un nuevo amo, una nueva raza que iba a dominar todo lo que podía verse y caminarse y navegarse y respirarse. Y el mundo no tuvo otra opción más que aceptarlo, porque sabía que estábamos ahí listos para volver a darle cuantas bofetadas fueran necesarias. Nos expandimos con arco y flecha, con mazos, pulimos el bronce, creamos el estribo y los carros, hicimos nacer al acero, subyugamos el mar, obligamos a que se construyeran muros altísimos y luego los derribamos con las catapultas y los arietes, dominamos las bestias y florecimos y destruimos imperios, y todos nos temían y todos nos querían porque sabían que tenernos a su lado les daba poder y riquezas, como si eso tuviera alguna importancia (necios, torpes y ciegos eran esos que creían que teníamos los mismos motivos, porque a nosotros solamente nos mueve la sed de sangre), como si el objetivo primario fuera acumular cosas y no ganar, dominar, arrasar. Vencer y dejar bien claro quién era el vencedor: decapitando, violando, partiendo en dos o más partes al rival, cortando apéndices, empalando, degollando. Fuimos los espartanos, las legiones romanas, los aztecas, los mongoles, los macedonios, los hunos, los vikingos. Fuimos todos los ejércitos de la tierra que conquistaron lo que había que conquistarse una y otra vez, plantamos cara al horror y a la muerte (y también fuimos el horror y la muerte), fuimos vencedores y vencidos. Fuimos los verdaderos artesanos del mundo, lo hicimos con nuestra sangre y nuestro dolor (pero sobre todo con la sangre y el dolor de los enemigos), lo moldeamos con heridas abiertas e infectadas, con la gangrena, con la peste y el cólera, con la cruz y con la luna, con las banderas y con la resistencia.

Y tan concentrados estábamos en la tarea inmisericorde de moldear el mundo, tan inmersos en la delicada tarea de cuidar nuestra sangre y extraer la sangre enemiga, que no pusimos atención a todo lo que estaba pasando, olvidamos todo alrededor por tener nuestra mirada roja y furiosa sobre el enemigo de turno, y cuando quisimos (pudimos) reaccionar ya nuestro tiempo había pasado. Nuestras acciones son vistas ahora como algo antiguo y animal, como algo que debe censurarse de la misma manera en que en nuestro tiempo censurábamos la cobardía. Ahora cuando somos descubiertos haciendo lo que siempre hemos hecho, acabamos encerrados o electrocutados u olvidados en una habitación tan oscura como nuestros pensamientos, anhelando tiempos mejores, tiempos en los cuales éramos el centro de la sociedad y de la humanidad, en los que conquistábamos todo lo que había que conquistarse. Pasamos las horas larguísimas esperando a que esas épocas vuelvan para poder ser otra vez lo que fuimos, para tener la fuerza que aquí se nos va entre los dedos, para ser el motor del mundo y salir de estas habitaciones tan oscuras y tristes, rectángulos diminutos que producen un dolor tan diferente al dolor que solíamos recibir o inflingir, un dolor que no podemos ubicar bien porque no se ve pero que está ahí palpitante y lacerante, un dolor que va torturando con sevicia mientras estamos en estos pequeños cuartos que nos asfixian como si fueran el humo de aldeas incendiadas, que nos desangran invisiblemente. 

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