Barnum Effect presenta

By

ME MIRAS, IMBÉCIL…

Mato un poco la espera y la indiferencia en la cafetería, ayudando un poco al tiempo que lucha por sobrevivir y alargarse, por extenderse en esta agradable tarde de sábado, tomando café y leyendo: no tengo nada más qué hacer hoy. Observo, cuando tomo un descanso de la lectura, a la poca gente que hay en el local, a la que entra y sale sin prisa: miro todo lo que hay que mirar, cada actitud, cada manía repetida, cada repetición. Estoy en medio de mi café y mis observaciones inútiles cuando veo que te sientas con tu amiga y tu cuerpo exquisitamente esculpido, tallado a mano y sin prisas, en la mesa del lado. Un cuerpo que observo de reojo, tímidamente, porque intuyo al instante que tu reacción sería apocalípticamente furiosa si me vieras viéndote y no quiero arriesgarme, quiero seguir viendo lo mejor que he visto en mucho tiempo, quiero observarte disimulada y minuciosamente para mi deleite, para que toda esa belleza me apriete los sentidos. Tras intentar usar el wi-fi infructuosamente en tu portátil último modelo te diriges a mí como último recurso, me diriges una mirada llena de asco y desprecio, tocas mi orgullo (esa herida abierta siempre) y pienso: me miras, imbécil, como si yo fuera un simple mortal que se atreve a retar a los dioses sólo con su astucia. Sin un por favor, sin un hola, con un fastidio milenario, me preguntas la contraseña. Te explico que tienes que pedírsela a la mesera mientras simultáneamente pienso que deberías dejar de mirarme con asco porque yo no te hecho nada y además quiero dejar de odiar. Además de grosera también eres perezosa, concluyo cuando me pides a mí la contraseña a pesar de lo que acabo de decirte. Y ante mi negativa (pero no te la digo porque no la sé, qué más quisiera yo que poder ayudarte) te vas sin decir gracias, sin una mirada o movimiento de las comisuras que indique un gesto de amabilidad, dura, afilada, terrible.

Mientras vas a preguntar la contraseña me das la espalda y observo el reverso de tu figura y percibo que al mismo tiempo varios de los hombres (y algunas mujeres) no pueden quitarte los ojos de encima, que lamen (lamemos) con ojos felices tu cuerpo de una belleza casi insultante. El cuerpo de las diosas que miran con asco y desprecio a los mortales que se atreven a retarlas sólo con su astucia. De mujer que sabe que puede enloquecer a cualquier hombre si se lo propusiera (y probablemente ya se lo ha propuesto y lo ha hecho). Y luego vuelves y te veo de frente, ya un poco descarado, con confianza por haber tenido esta conversación tan corta pero tan envidiada por más de uno aquí, tan significativa para mí e irrelevante para ti, te miro y esta vez noto que en tu mirada de asco brilla en el fondo el hartazgo de tener siempre lo que quieres, de no tener retos, la insatisfacción de tenerlo todo y de obtenerlo tan fácil. No puedo evitar sonreír al darme cuenta de tu descontento porque me has mirado con tal desprecio, imbécil, que me alegra ver que sufras un poco también. Así que me levanto de mi cómoda silla, termino el último sorbo del café ahora frío y me voy reconfortado en tu pequeñísima desgracia, agarrándome de esa pequeña victoria. Salgo. Después de pensarlo un poco decido caminar en este día soleado que ya va disolviéndose, pensando en la cantidad de mujeres como tú que viven tan pendientes de su coraza y de cómo aumentan su insatisfacción alimentando precisamente eso que las hace tan infelices.

Me desplazo pensando únicamente en el partido que ya casi comienza mientras que nuestro breve encuentro se va colando hasta el fondo de la memoria, se arrastra hacia el olvido eterno como se arrastra el sediento bajo el furioso sol hacia el oasis, difuminándose, evaporándose: un recuerdo que estaba casi muerto hasta que, con la misma sorpresa del gol al primer minuto, nos cruzamos nuevamente, en cámara lenta. Esta vez la que me ve es tu amiga (ahora aparece en la memoria, el recuerdo llegó al oasis y se fortaleció y se afianza a la vida: estabas en la cafetería con ella, una amiga que deja de existir cuando todos te observan) y yo me doy cuenta de que ella te dice algo al oído y tú asientes con la cabeza mientras sonríes otra vez con tanto desprecio como el que siento por los barrabravas. El deseo de la revancha por ese ultraje que es tu mirada y tu sonrisa y el recuerdo de la cafeteria aparece como lava pero el mar de gente me impide devolverme para efectuar en ti alguna venganza: tirarte el pelo, besarte el cuello, hacerte una disimulada zancadilla, enamorarme, lo que sea. Frustración es lo que me carcome ahora y no puedo hacer nada, has vuelto a ganar, imbécil. Y las ganas de ver fútbol se van a la mierda con esta derrota y mi castigo es el hambre que aparece afilada, un hambre que no se compadece de mis pocas ganas de cocinar, así que opto por la solución fácil y mediocre, como hago con todas las decisiones cuando atisbo la mínima dificultad. Una fila enorme en la famosa cadena de hamburgueserías, un local lleno hasta rebosar y, lo que es peor, lleno de adolescentes gritonas y morbosos, chillonas y estúpidos, mal vestidos todos, que estorban siempre y no desocupan las mesas. Maldita sea. Decido pedir para llevar, no soporto perder con la imbécil y además tener que aguantarme esta gritería. Sigo la fila obedientemente, como siempre, sin una queja, sin un suspiro de indignación, aceptando borreguilmente mi destino, como hago con todas las órdenes que me dan porque el miedo me tiene apretado de una manera tal que si me muevo me muero, o eso creo (eso temo), entonces sigo ahí de pie avanzando lentamente hasta que llego a la caja, digo lo que quiero, pago rápidamente y espero. Subo el volumen de los audífonos para evitar oír a los adolescentes y, al igual que en la cafetería, decido mirar a la gente que me reemplazó en esta fila, en este engranaje que a todos nos tritura. Ahí estás, imbécil, mirándome, sola. Te sostengo la mirada, me niego a perder por goleada, quiero el gol de la honra. Y luego el del empate y luego el de la victoria en el último minuto. De penalti injusto en el último minuto y de visitante. Quiero ganarte y que te duela, imbécil. Porque me has despreciado sin que yo te haya hecho nada sólo porque sabes que eres perfecta y te sentías protegida con tu amiga. Pero ahora estamos tú y yo y una fila y unos adolescentes que pronto irán a drogarse y a emborracharse como animales (pero no puedo criticarlos por eso porque yo fui exactamente igual). Y te saludo mirándote fijamente, despreciándote, soy un espejo en el que te puedes reflejar. Y ahora sí contestas, no sé por qué, pero contestas disimulando desprecio (esta vez sólo lo disimulas, y muy mal). Golazo. Y tengo ahora mi pedido en la mano, así que me la juego: te digo que esto está insoportable y que vivo cerca de aquí, casi te ordeno que lo que vas a pedir lo pidas para llevar y comérnoslo en mi apartamento (me miras sorprendida, imbécil, porque te estoy dando órdenes, como si ya fueras mía, y porque soy duro contigo, y sobre todo porque acabas de descubrir que te gusta que te hable así). Aceptas y ahora veo en tu mirada el brillo de la expectativa, la certeza de que tienes el partido ganado.

Caminamos despacio, sintiendo la comida caliente en la bolsa y sintiendo lo calientes que nos estamos poniendo. Para evitar arrepentimientos (con el riesgo de provocarlos), inicio la conversación. No te tuteo al hablarte pero sí en mi mente; pregunto si hace mucho vives aquí. Sientes mi lejanía en el trato y contestas la verdad, que llevas unos cuatro meses en la ciudad, que no te gusta mucho y que en 2 días vuelves a Inglaterra (te conozco, imbécil, ya sé para qué me quieres: una despedida formal). Pregunto por qué no te gusta y contestas que en realidad no lo sabes, que es todo y nada a la vez, que hay un intangible que incomoda por el simple hecho de estar en esta pequeña ciudad que a mí me ha acogido tan bien pero que falta tan poco para que también me canse. Sonríes genuinamente cuando reconozco que empiezas a cantar “I try but you see, it’s hard to explain” y te digo que también me gustan The Strokes.

Llegamos a mi casa. Dejamos las bolsas sobre el comedor tropezando con todo mientras nos desnudamos, mientras nos mordemos todo el cuerpo. Me preguntas si tengo condones, con un cambio notable  en el tono de la voz respecto a la primera vez que te dirigiste a mí (ahora me tuteas, ahora te tengo comiendo de mi mano). Claro que los tengo (no soy estúpido, imbécil).

Beso tu cuello largo y blanquísimo; tu contrastante pelo negro se enreda y desenreda en mi mano que entra y sale lentamente masajeándote, palpándote, halando el cabello hacia atrás para ver qué reacción tienes,  sin pedirte permiso y mucho menos perdón, y te gusta. Los ojos verdes ahora no me miran con desprecio, sino con una mezcla de rabia y deseo que sólo tienen las mujeres que son buenas en la cama. Y mientras te llevo la cabeza hacia atrás con la otra mano desgarro tu camisa: los botones caen ruidosamente en el piso de madera dejando al descubierto unas tetas perfectas (¿pero qué son unas “tetas perfectas”? ¿Perfectas según quién?), y me gusta verte así, semi-desnuda, rabiosa y con deseo. Acabo de empatar. Alegría en la tribuna. Desciendo nuevamente por tu cuello blanco como nube, lento, entre besos y mordiscos suaves, llego a tu pecho, no aguanto más y te agarro con ganas, beso unos pezones redondos y furiosamente erguidos, paso mi lengua humedeciéndolos para que goces, imbécil, porque ya empaté el partido y ahora me dispongo a ganarlo, me tenías dos a cero, el marcador más peligroso del fútbol. Entonces nos desnudamos completamente y sigo bajando muy despacio, entre las tetas, por el abdomen, por la cintura, por el ombligo, veo que estás totalmente depilada y me gusta (aunque en realidad no me importe), y noto tu calor y tu olor y tu humedad en mi cara, de un solo golpe llegan todas esas sensaciones a mí, me abrazan queriendo atraparme para siempre (quisiera poder quedarme para siempre) y lo disfruto; mi lengua juega contigo hasta hacerte terminar entre gemidos cortos y manos que no encuentran qué agarrar mientras el orgasmo está ahí palpitante y oceánico, y quieres seguir y yo sigo, ni más faltaba mi querida imbécil, no te voy a dejar a medio camino, eso no hace parte de mi venganza, yo gano mis partidos jugándolos hasta el final, como los hombres de verdad.

Así transcurre toda la noche, lamiéndonos, mordiéndonos, gimiendo (me da un poco de vergüenza con los vecinos por tanto escándalo, pero solamente un poco), te abofeteo, te pego palmadas en el culo hasta que queda rojo, te trato como un objeto hecho sólo para complacerme: quiero humillarte a través del sexo, quiero que el sexo sea el arma que lentamente te va a matar, que te haga sentir como la más triste perra del mundo y tengo la certeza de que lo voy logrando. Ahora eres mía, te poseo, puedo hacer contigo lo que se me dé la gana: follarte, venderte, amarte. Es mi venganza porque me has despreciado, imbécil.

La comida está fría cuando volvemos a sentir hambre, pero no nos importa. Creo que te ha quedado claro quién es el jefe aquí. Estoy cansado y sudado y quiero que veas que no eres parte de mí, que puedo deshacerme de ti fácilmente y sin remordimientos, por lo que decido bañarme. Una buena ducha de agua caliente es excelente para descansar y retomar fuerzas, y así te lo digo:

“No quiero que seas parte de mí, puedo deshacerme fácilmente…” etc.

Me miras y no entiendo totalmente porqué sonríes al oír mi comentario, el que se supone debería herirte un poco más, ponerte en tu lugar. Y mientras el agua rueda suavemente por mi cara comienzo a recordar que todo lo que te he hecho te ha gustado, lo has gozado, muchas veces incluso lo has pedido. Y a pesar de estar con el agua hirviendo siento que es agua fría lo que me recorre: me doy cuenta de que en ningún momento te has sentido humillada por mí a pesar de mis esfuerzos por ponerte en tu sitio. No has aprendido nada nuevo. No he empatado este partido. Y salgo de la ducha sin secarme, buscándote para darte una lección que no olvidarás, para realmente hacerte sufrir esta vez, para echarte el polvo de tu vida, pero me llevo otra sorpresa: no estás por ningún lado. No te encontraré jamás. Has ganado en el último minuto, haciéndome creer que yo empataría: contragolpe letal, en el tiempo extra, partido liquidado. No queda más que seguir bañándome porque ya perdí incluso tu olor.

Sólo puedo sonreír al ver que también te has llevado mi comida.

Previous/Next

Deja un comentario