Barnum Effect presenta

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DEBE SEGUIR TRABAJANDO PARA COMER, COMO TODOS.

Prendo la luz de este baño oscuro de un apartamento oscuro que sirve de techo a mi vida oscura, tan normal. Oprimo suavemente el tubo de la crema de dientes (de la cual no me gusta el sabor pero que compré porque estaba barata y la economía no da para más, tan normal), humedezco el cepillo como todos los días, tres veces al día, desde siempre y hasta siempre (si no cuido mis dientes me dejarán en vida, si los cuido bien estarán mucho más tiempo que yo, malagradecidos), mirando como siempre a unos ojos que me miran desde la superficie reflectiva al frente mío, sin ganas, y que hoy luce un poco cansado aunque aliviado de haber partido y haber vuelto a comenzar, de haber salido del camino que hasta hacía tan poco parecía de hierro, de tener nuevamente una esperanza y el futuro abierto (o al menos con la ilusión de tener el futuro abierto nuevamente). Veo en los ojos de quien me mira un pequeño brillo que se había perdido y que ahora renace de la mano de la distancia.

Me interrumpe mi reflexión en el reflejo el sentir la espuma en la boca: percibo cómo se está acumulando en exceso e intenta escapar por mi comisura izquierda que ya da muestras de estar cediendo a la presión de ese líquido que se va nutriendo de mi propia baba; en el momento de desprenderme de la primera mezcla salivo-dentífrica vía “efectiva apertura de la boca dirigida hacia el lavamanos”, y cuando ya es demasiado tarde para tratar de esquivarla, aparece ante mí: la hormiga ha quedado impregnada hasta el cuello (¿tienen cuello las hormigas?) de crema y babas, de sorpresa y lástima: ahora se encuentra mojada y muy probablemente asustada, y yo, por alguna razón, me quedo observándola en vez de ayudarla o de abrir la llave, sin hacer nada, con la curiosidad que me impide tomar alguna iniciativa: mis ojos simplemente no pueden moverse de ahí, están fijados como con soldadura a la imagen terrible que se desarrolla en el lavamanos. La veo luchar con sus diminutas patas y su gran cabeza, moviéndose desesperadamente, sobreponiéndose a las babas y al miedo (lo que vendría siendo, ahí nada más, un resumen de lo que es vivir), enfrentándose al problema solitaria y negra, con toda seguridad pidiendo ayuda a alguien (¿creerán en seres sobrenaturales las hormigas? ¿Les ayudarán estos seres sobrenaturales a encontrar insectos más fácilmente y antes que otros? ¿Les tenderán una pata en momentos de caos y destrucción del hormiguero o cuando quedan ahogadas en un mar de babas y crema dental? ¿Las otras hormigas dirán “eso es que dioshormiga lo quiso así” cuando les pasa algo malo? ¿Se matarán las hormigas por imponer su amigo imaginario a las otras?) y yo sigo quieto ahí, justificando mi inacción de cualquier manera en este plano práctico y tangible, racionalizando todo («reacción primaria de la hormiga en situaciones para ellas desconocidas: hipótesis de trabajo», «aposté conmigo mismo a que no puede salir», «de la existencia o no de seres sobrenaturales que ayuden a las hormigas, tesis doctoral») pero en realidad sé que estoy jugando un poco con ella, abusando de mi pequeño poder porque podría sacarla, darle un empujoncito, o podría joderla del todo y abrir la llave o con mi dedo darle una novedosa forma plana que le daría un toque ciertamente aerodinámico aunque mortal, pero no hago nada, me quedo quieto contemplándola como se contempla la vida o se mira uno ante el espejo en las mañanas en las que no hay prisa pero sí hay qué pensar, sólo miro cómo todo ese esfuerzo y todo ese miedo se ven recompensados cuando la hormiga está ya ubicada en la parte más seca del lavamanos, lista para seguir buscando la comida que nunca encontrará en esta parte del mundo, y probablemente sin saber lo cerca que estuvo de la muerte (¿le importaría? ¿Saldría de ahí a agradecerle a sus seres sobrenaturales? ¿Se los inventaría tras esta experiencia?), sin tener conciencia de que su vida pudo haber terminado allí mismo si se me hubiera dado la gana o si hubiera abierto la llave del agua o si se hubiera cansado o rendido, pero salió adelante porque ninguna de esas cosas pasó y nunca se va a enterar de que podrían pasar.

Yo sigo con el cepillo de dientes inmóvil en la boca, sin atreverme a escupir la saliva que se ha acumulado en este tiempo de la hazaña de la hormiga hasta que ya está sana y salva, y se para en el borde del lavamanos y puedo sentir cómo se queda pensando con sus antenas tan pequeñas, decidiendo hacia qué dirección debe seguir porque debe seguir trabajando para comer, como todos. Y se va y no nos volveremos a ver nunca, de la misma forma en que se fue ella o se fue mi aprecio por la gente. Entonces retomo el cepillado juicioso de esos dientes que van a estar mucho más tiempo después de que ni la hormiga ni yo estemos o seamos, y miro al reflejo que me da el espejo y pienso en todas esas veces que he podido estar en una situación similar a la de la hormiga: desconociendo tanto el panorama completo como la influencia del azar en nuestras vidas tan pequeñas y frágiles.

Se me hizo tarde, claro. 

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