Barnum Effect presenta

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LA MANERA CORRECTA DE GRITAR.

Abro la ducha para mojar un poco mis ideas, para ablandarlas y suavizarlas, pensando en el día que me espera como una eterna fotocopia de una fotocopia (cada vez más descolorida, una lucha constante contra el aburrimiento: qué ganas de gritar y sacarme toda la rabia y la desesperación a miles de decibeles), después de otra noche de excesos y de amanecer en un apartamento que no es el mío, repitiendo la promesa inútil de que esto no va a volver a pasar, o de que al menos no va a volver a pasar entre semana, intentando mantenerme despierto a pesar del agua que ya cae sobre mí plácidamente, mojándome la cara e intentando hacerme salir del letargo y hacerme abrir bien los ojos para enfrentar lo que venga. Veo cómo cae el agua por la cortina roja de la ducha (que es exactamente igual a la que yo tengo en mi baño, lo que desata esa especie de recuerdo-chispazo que aparece batallando por sobrevivir y perdurar: anoche le conté a esta mujer dueña del apartamento cuya ducha estoy usando para mojar mis ideas que tenemos la misma cortina de baño; a ella le pareció una de esas coincidencias cósmicas que a mí me parecen de una irrelevancia comparable a la de mi trabajo, y luego de que se maravillara con esa coincidencia me besó y el recuerdo muere ahí como murió la noche). Veo cómo el agua tan agradable se dirige sin pausa hasta el piso formando un débil remolino, que no es muy intenso (tendría que decirle que lo debe revisar, siempre se acumulan cosas en esos desagües), cómo intenta llevarse mi pereza y mi sueño perennes, cómo comienza a encharcar el piso de esta ducha que está tan acogedora, y pienso en lo desagradable que resulta siempre destapar desagües, en esas masas gelatinosas, peludas y repugnantes que se desprenden de cualquier tubería: se conjugan y se funden todas las cosas que un ser humano considera nauseabundas. Mientras vuelvo a cerrar los ojos para echarme el champú noto que toco algo con el codo  (mi torpeza de siempre) pero sigo pensando en el desagüe y lo asqueroso que estaba la última vez que limpié el mío: lo que salía era realmente desagradable en apariencia, consistencia, tacto e incluso olor (aunque no sé si esto último lo imaginé), pero en esa ocasión el desagüe estaba casi totalmente obstruido y el plato de la ducha se inundaba a velocidad de fórmula 1, así que era algo que tocaba hacer urgentemente y por eso tuve el dudoso honor de haber conocido esa masa asquerosa que ahora parece estar formándose en este desagüe, y estoy pensando en eso al mismo tiempo que pienso que llevo ya varios minutos de más en esta ducha que se ha vuelto una extensión de la cama, y en lo tarde que se me va a hacer y en lo que tendré que correr para recuperar el retraso (otra vez tarde y otra vez con resaca) para ir al trabajo, y pienso también en que la noche estuvo bien, bastante bien en realidad (¿valdrá la pena intentar algo con esta mujer que sigue durmiendo?), todo mientras siento que algo se desliza rozando mis pies, sin lograr distinguir qué es exactamente (no quiero distinguir, no me importa), la jornada es larga y el tiempo escaso (a veces), además estoy muy cómodo, con el agua en su temperatura ideal (y también con algo de champú en los ojos) y con la resaca recordándome lo larga que será la jornada (a menos que me despidan en el momento de entrar a la oficina, cosa no poco probable); de otro lado, lo que cayó al piso ni siquiera es mío, es de esta mujer que vive aquí y que sigue durmiendo (las mujeres tienen en la ducha una cantidad enorme de cosas de las cuales no tengo ni idea para qué sirven, objetos extraños en variadas formas y tamaños, territorio desconocido sobre todo para hombres como yo, que soy hijo único), ni siquiera vale la pena intentar descifrar qué es lo que cayó (tampoco hay tiempo, además, voy más que tarde al trabajo y definitivamente me van a echar), olvido lo del desagüe porque se me vienen a la mente cosas tan disímiles como todos esos adminículos que hay en esta ducha; llegan a mi mente, al mismo tiempo y sin pedir permiso, por poner un ejemplo:  1. Tengo que comprar jugo, 2. Dónde encontrar la cerveza más barata 3. Me van a echar del trabajo y hoy con la resaca no me va a importar pero seguro mañana sí y 4. La manera correcta de gritar.

Pienso todo eso con los ojos enrojecidos por el champú y las ideas un poco más blandas que antes hasta que siento cómo piso el adminículo cuya existencia quise ignorar y que, lo presiento, apareció para vengarse de mi arrogancia (se sintió cuadrado), y primero imagino y luego puedo corroboro en el plano físico cómo el adminículo se une indisolublemente a mi pie (de la misma manera en que quisiera yo unirme a esta mujer que quiere seguir durmiendo) para desplazarse en contacto permanente y lineal con mi pie y con el piso en dirección hacia adelante mientras el resto de mi ad-mini-culo va en sentido contrario pasando de un ángulo de noventa a cero grados en aproximadamente ¾ de segundo y, lo más molesto de todo, haciendo estrellar la porción occipital de mi cabeza (de una manera que se puede definir, sin el más mínimo temor a equivocarse, como brutal) contra el duro y ahora un poco roto plato de la ducha, produciendo además un ruido que en otro momento podría calificarse como divertido y que de hecho es lo último que alcanzo a oír (mi propia sangre es lo último que alcanzo a ver) antes de pensar en las cosas que quería hacer y que ya no podré por el simple pero irremediable impedimento de estar muerto (al menos no me van a echar del trabajo, aunque tampoco voy a poder conocer mejor a la mujer que sigue durmiendo) y en que al menos ya no sentiré vergüenza cuando me encuentren desnudo y tendido, porque habrá otra cosa más importante en ese momento: pensar en cómo pagar la cuenta del agua porque la ducha quedó abierta quién sabe cuánto tiempo y además está lo del arreglo del piso.

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