Va caminando, flaca, de negro, con su capucha arriba por la lluvia bogotana, lentamente y ya mojada hasta el tuétano. La tarde, tan oscura como la cuenca de sus ojos, aparenta estar terminando a pesar de que acaban de pasar las 3 pm. Hace tronar su cuello mientras piensa en lo que va a hacer, en cómo continuar el objetivo que se impuso hace algún tiempo, su obsesión, su misión. Ya va por él y lo va a conseguir, todos los pasos previos se planearon y ejecutaron apuntando en esa dirección, como un juego de ajedrez o un mecanismo preciso. Todo está listo y él no podrá escapar, no existe la menor posibilidad de que huya ni pueda evitarlo. Evitarla. Él la verá con su delgadez, su vestimenta negra, sus cuencas oscuras como esta tarde en la que camina con pasos seguros (los pasos de quien sabe exactamente lo que hace), aparecerá blanca y huesuda en su puerta y nada torcerá el destino, ella, la Muerte (a M le gustaba mucho el apodo que le habían puesto desde los últimos años de colegio, cuando querían insultarla por pintarse los párpados y el pelo de un negro que contrastaba perfectamente con su palidez extrema, por su delgadez, por andar siempre con la capucha y las botas puestas, siempre de negro, siempre pálida y flaca, y ella los desconcertó cuando sonrió al oír cómo la llamaban, les destruyó el poder que querían obtener de ella y les dio nada a cambio, les arrebató el poder y se lo quedó) había fijado sus ojos en él desde hacía tiempo. Lo vio y no pudo sacárselo de la cabeza. Lo vio y le invadió directamente el corazón con la velocidad en que se va la vida. Se conocieron y se hicieron buenos amigos, y M temblaba internamente porque sabía que se estaba enamorando irremediablemente y eso significaba que el poder ganado mucho antes se le estaba volviendo líquido, se le estaba escurriendo entre los pliegues de su capucha, entre los huecos de los cordones de las botas, entre las prominencias de sus huesos marcados, y ella quedaría a merced de él si se llegara a enterar de su amor. Lo intentó ocultar, intentó agarrar con las manos ese poder que se filtraba cada vez más rápido abandonándola a su suerte, pero entonces vinieron las noches de insomnio, la intranquilidad, la angustia, el corazón se estaba rompiendo como si lo hubiera cortado una guadaña invisible. No veía la hora de verlo, de oírlo, de saber de él y de sus días. De sentirlo cerca. Pero el poder se le iba y se sentía cada vez menos segura, no tenía la certeza de que el sentimiento fuera mutuo. Se alejó por un tiempo buscando aclararse un poco, retomar fuerzas, detener un poco la salida del escaso líquido que quedaba y él no entendía nada, no comprendía qué había pasado o qué había hecho mal. Prefirió no insistir y ella sintió el golpe. Se distanció con cautela y tristeza, temeroso de que cualquier otro movimiento la ofendiera y la perdiera para siempre, aunque sin saber bien cuál había sido su error. Salió con otras mujeres mientras ella continuaba intentando contener el poder acuoso, el poder evaporado.
Una noche se enteró de que él tenía novia y la última gota de poder se le fue y no se dio cuenta por dónde. Se sintió vacía y transparente, rota, esta vez el guadañazo le había dividido el corazón a la velocidad de la luz. Confundida, se alejó aún más de él, lo evitó a toda costa, ignoró sus cada vez más escasos mensajes y llamadas.
Un año entero de dolor, de reproches por no haber hecho lo que debía ni dicho lo que sentía, de permanecer con el corazón en dos mitades inconexas pidiéndole a gritos que lo viera, que lo oyera y sintiera y le dijera todo de una buena vez. Y el orgullo, astuto, ocupó el lugar que tenía el poder y empujó al amor al fondo del baúl, cubriéndolo con ese manto de amargura y resentimiento del que echan mano las personas que tienen el corazón despedazado, tratando de convencerlas de que odian a la persona de sus afectos cuando en realidad solamente maquillan el amor profundo y doloroso que sienten así no quieran (porque los sentimientos no piden permiso para existir). El orgullo entonces la obligó a creer que ahora lo odiaba. El resentimiento inicial fue creciendo porque nadie se lo impidió y llegó a ser una especie de odio de utilería, una corteza de odio que recubre al amor, un revólver que no disparaba nada.
Ella ya no soportaba ni la sola mención de su nombre, y el odio fue tomando sus pensamientos a intervalos cada vez más amplios trayendo de la mano las ganas de una justicia de la que se sentía con derecho pero que solamente disfrazaba el deseo de venganza por ese corazón roto. Espió sus movimientos, sus nuevas costumbres, supo cada uno de los pasos de su rutina. Lo estudió bien, la venganza es obsesiva y minuciosa, se fija bien en los detalles porque ahí está el factor sorpresa que necesita toda buena venganza. No lo soportaba (no aceptaba que quería soportarlo, deseaba soportar sus estupideces, sus días de mal genio, sus mañas), lo veía cada vez más tonto (pero sus retinas lo registraban cada vez más atractivo), contradecía todas sus estupideces en las redes sociales (quería contradecirlo retozando en la cama los domingos en la mañana), detestaba (por razones gramaticales) que le escribiera a su novia “te amo demasiado” en esas mismas redes (pero moría porque se las escribiera a ella). Había que hacer algo, había que reivindicar a las mujeres (y hombres, por qué no) de corazón roto de todo el mundo de todas las épocas. Y ella se encargaría de eso, este pequeño acto de justicia (venganza) equilibraría un poco el universo, le daría algo de sentido, será su misión, su causa.
Compró el veneno en otra tarde lluviosa de tal vez otra Bogotá. Pensó mucho en el método, pero el veneno era el que menos sospechas levantaría. Una mañana le mandó un mensaje con tono reconciliatorio y tras varios mensajes y conversaciones posteriores lograron quedar para verse en un café, pero en un café era difícil poder darle el veneno que le paralizaría el corazón, habría demasiados testigos. Se vieron, hablaron de muchas cosas, largo y tendido. Siguieron hablando en los días que pasaron rápidamente, ella entendió que era mejor ir con paciencia, que es otro de los requisitos de una venganza bien hecha, como las del pasado, cuando todo se hacía mejor. Un mes de conversaciones y cafés, convenciéndolo de que todo era como antes (aunque casi todo era como antes, menos las venganzas). Hasta que por fin sucede lo que ella está esperando: él la invita al café a su apartamento porque no tiene mucho tiempo y es más práctico si se ven allá.
Sonríe porque sabe que llegó la hora. Envasa la cantidad suficiente de veneno en ese frasquito que cabe en uno de sus bolsillos y decide caminar a pesar de la nube que se viene y que se va a rasgar la panza por pasar raspando Monserrate. Se viene el aguacero mientras ella repasa mentalmente todo su plan, camina lentamente y mojada hasta el tuétano por no andar preparada para la lluvia en una ciudad en la que llueve constantemente. Todo está listo y él no podrá escapar, no existe la menor posibilidad de que huya ni pueda evitarlo. Evitarla. Entra al edificio, sube, timbra. Espera. Lo ve. Pasa y mira el apartamento, temblando de frío y de miedo por lo que decidió hacer. Él le presta una toalla, un pantalón, una camiseta y un saco caliente. No sabe bien cómo saldrá de ahí pero está segura de que nadie la vio llegar y ahora nadie la
verá salir. Los granos del café se van destrozando mientras la máquina los muele (M piensa en cuánto le gustaría hacerle el café cada mañana durante muchas mañanas, todas las mañanas posibles, pero ahoga rápidamente ese pensamiento), el agua entra en la cafetera que al rato libera el olor del café recién hecho, tan reconfortante como estar con él (y ahoga ese pensamiento también), y luego él le llena a la taza tan bonita trayendo toda esa sensación de bienestar por beber ese líquido marrón mientras afuera llueve y parecen las 6 pm cuando son las 3:30 máximo, lo mira y se ve tomando café muchas tardes lluviosas con él, abrazados los domingos en la tarde, paseando de la mano, peleando por bobadas y reconciliándose, viajando por el mundo o por donde puedan mientras estén juntos, y todo eso que se le viene a la mente le
resulta intolerable, se le expande en el pecho y se distiende en la cabeza. No le puede dar más largas al asunto, es aquí y ahora, su causa llegará a su fin hoy mismo y ella se va a sentir mejor para siempre, sin arrepentimientos.
Entonces, por fin, le dice que lo ama.


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