Barnum Effect presenta

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Las pequeñas cosas cotidianas.

Las pequeñas cosas cotidianas comenzaron a escaparse, se le escondían entre las ocupaciones y los minutos, se le refundían cuando pensaba tenerlas en la mano, algunas palabras se lanzaban al vacío cuando las tenía en la punta de la lengua. Al principio culpó al exceso de trabajo, queriendo ocultar lo que temía inevitable y que ahora se estaba cristalizando de la misma manera en que se estaba cristalizando su mente. Iba a desaparecer pero estando ahí, fantasma de carne, vacío que respiraba, ausencia dolorosamente presente. Lo sabía, lo había visto antes en el cuerpo de su madre, en sus suspiros profundos llenos de pasado, en sus neuronas dando chispazos lejanos en su realidad que no coincidía con esta otra realidad. Ya había transitado ese camino que le rellenaba de miedo los huesos aún fuertes, que le había mostrado, amenazante, un futuro que pensó en algún momento haber evitado o al menos retrasado, al que no quería volver jamás. Y sin embargo ahí estaba, tratando de agarrar a las palabras suicidas y de encontrar  esos recuerdos de cosas cotidianas que lo dejaban frenado en medio de la sala o de las escaleras pensando qué demonios hacía ahí parado y a dónde iba o qué iba a hacer. Cuando le confirmaron el diagnóstico que sospechaba supo qué hacer. Él no iba a llegar a quedar postrado en una cama sonriendo tristemente a todos esos desconocidos que lo irían a saludar más por cortesía, para calmar sus conciencias, que por empatía real, no iba a esperar a que la comida se le diera la gana de írsele al pulmón para matarlo, no iba a dejar que un médico que no sabía aceptar que la gente se muere lo mantuviera conectado a cables, ventiladores, camas de cuidados intensivos. Médicos que tenían pánico a la muerte, médicos temerosos, angustiados por la idea de que alguien pudiera irse para siempre a pesar de que todos los días lo veían: el absurdo. Él lo sabía bien, lo vio muchas veces en su vida profesional. Vio eso y vio todos los horrores, dolores y sufrimiento de las vidas humanas enfermas, vio cómo la esperanza se iba de los ojos de los más graves y su lugar lo ocupaba la resignación o el miedo o la paz, según en lo que creyeran y cómo hubieran vivido, vio los accidentados, las recuperaciones milagrosas (si creyera en milagros), los niños que llegaban tan graves y luego salían como si nada les hubiera pasado, la angustia de padres, hermanos, esposos, nietos. Las muertes sorpresivas. La perplejidad, el asombro, el miedo, la duda, los arrepentimientos, la estupidez. El amor. La indiferencia. Lo había visto todo en todos sus años como profesional en un trabajo que cada vez le iba gustando menos y que empezó a complicarse levemente cuando los olvidos se acordaron de hacerse presentes. Estaban en su familia, en esos tíos abuelos y abuelos, en los hijos de ellos, en esos parientes desconocidos de los que uno tiene noticias por los viejos de la familia pero que si se encontrara en la calle no los reconocería. Los olvidos estaban ahí, germinando poco a poco hasta crecer como enredadera entre sus neuronas cansadas.

Lo supo entonces, es decir, se lo dijeron en forma de diagnóstico, se verbalizaron la enfermedad y sus miedos. Decidió seguir el plan que se había trazado en las noches de insomnio que también se estaban haciendo más largas y frecuentes. Renunció y viajó y volvió. Más de una vez se perdió y de repente las calles bogotanas se le aparecían, se le torcían, le ponían edificios que no estaban hasta hace poco, se le atravesaban esas calles mutadas en otras calles que no reconocía. Se sentaba y respiraba, se tranquilizaba y las calles volvían a ser las calles de la ciudad que estaba visitando, las calles de Bogotá se devolvían por fin a Bogotá y él volvía a caminar tomando miles de fotos. Pensaba en que no iba a quedar postrado en una cama sonriéndole cortésmente a desconocidos que sonreían con lástima. Miraba su comida y se preguntaba si antes de que perdiera la noción de la realidad algún pedazo de comida tendría la piedad de hacerse la distraída y perderse hacia el pulmón y aniquilarlo. Se imaginaba desconectado de la realidad pero conectado a tubos y sondas y la rabia se le aparecía con fuerza tempestuosa, pero luego se calmaba al pensar que la idea de todo lo que estaba haciendo era que nunca llegaría a eso (se había jurado que nunca llegaría a eso). Conoció el mundo con sus miserias, sus grandes obras, su maldad, su riqueza, su belleza. Calor, frío, mar, montaña, ciudades, pueblos remotos, comida excelente y no tan buena, comió con hambre, olvidó el hambre. Lo robaron, lo ayudaron. Lo extrañaron y lo envidiaron. Caminó, anduvo en bus, en avión, en barcos gigantescos y lanchas peligrosamente cerca de hundirse. Aprendió cosas que no sabía si iban a durar, se sintió feliz. Se sintió triste al saber que no podría recordar toda esa belleza del mundo, que los recuerdos vaporosos se irían para no volver y le dolió, sintió como si el corazón se hubiera saltado el libreto y se hubiera contraído en su totalidad al mismo tiempo, irrespetando el orden que llevaba desde que era un feto, aurícula-ventrículo, aurícula-ventrículo, haciendo que su sangre se quedara estancada, rasgándole el alma en jirones. Luego olvidó su tristeza. Volvió y escribió todo lo que quería que recordaran de él (lo que recordó que quería que recordaran). Planeó. Habló con gente que consideraba de confianza, de los pocos que entendían como él lo que en realidad eran la decadencia y la muerte, alejados de los moralismos de los idiotas que tanto lo desesperaban (ya falta poco para que dejen de desesperarlo). Les explicó sus instrucciones y sus amigos aceptaron hacerlo.

La luz entró en la habitación dividiéndola en dos oscuridades. Si estuviera en esta realidad se daría cuenta de los bloques ordenados de luz, como ladrillos, que iban entrando a medida que la persiana se levantaba y daban claridad a la habitación, vería cómo el polvo bailaba iluminado y en desorden antes de posarse en cualquier parte. Habría sabido que no existiría mañana mejor para hacer lo que sus amigos habían acordado hacer llegadas estas circunstancias exactas. Ya el olvido se le había pegado como légamo a sus neuronas, impidiéndole avanzar, hacer, ser. Ya sus ojos no observaban nada, se quedaban en tiempos remotos sin reconocer a nadie, sin ayudarlo a orientarse, lo ubicaban en una realidad ya pasada y cíclica. No se dio cuenta de las lágrimas a su alrededor, de los adioses, de los abrazos. Nunca sintió el pinchazo, no tuvo ningún dolor, ya había olvidado la belleza del mundo y no valía la pena seguir (así no supiera que ya había olvidado esa belleza y que no valía la pena seguir), evitó su decadencia, no sintió el miedo sin aditivos que trae la proximidad de la muerte, venció sin saberlo, sin recordar que había planeado esa victoria desde los lejanos años del viaje por el mundo y su hermosura que duele en todos los órganos. Evitó los cables, las sondas, la lástima, las noches eternas en hospitales (pero diferentes a sus otras noches eternas en hospitales).

Y su corazón se contrajo por última vez.

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