Barnum Effect presenta

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Pelos, sangre.

La pulga mueve su cuerpo del grosor de los átomos entre los largos pelos del perro que habita hace tiempo ya (no sabe cuánto porque ni pulgas ni perros tienen un concepto de lo que es el tiempo ni de cómo se llaman, ésas son cosas del animal extraño y cruel), que le da alimento así no él no quiera dárselo, así quiera expulsarla con esas uñas gigantescas que hacen temblar todo a su paso cuando se decide a usarlas, haciéndola volar como si tuviera alas o como cuando salta alturas que desconoce. Cuando era una larva no sentía ningún apetito por la sangre, pero cuando abandonó ese estado el deseo se volvió voraz, feroz, asesino. Su instinto la llevó al primer animal de sangre caliente (no sabe de tiempos, nombres ni alturas, pero sabía que ese animal que ahora es su huésped así él no quiera tenía la sangre caliente) y saltó con toda la fuerza que el hambre feroz le permitió (o que le impulsó), se instaló y picó al encontrar el sitio del cual podía extraer el líquido viscoso que iba a calmar su ansia. Qué descanso, qué placidez, qué paz calmar esa hambre punzante que venía con la tempestuosidad de las uñas del perro. El hambre molesta exige ser satisfecha sin dilación, nada más importa cuando se hace presente, hay que hacer lo que sea para apaciguarla, para dormirla como duerme el perro justo antes de sentir la picada. Esto reflexionaba la pulga (es bien sabido que las pulgas no saben de tiempo, nombres o medición de distancias, pero siempre reflexionan sobre el hambre y sus implicaciones vitales) cuando sorpresivamente, por andar ensimismada, sintió cómo salió disparada a velocidad supersónica de su hogar, se encontró mirando desde las alturas un mundo sin pelos, sin sangre, sin dónde poner su boca hecha de tubos. Se golpeó fuertemente pero sin herirse contra una superficie fría y dura, sin pelos, sin sangre, y sintió un miedo diferente al miedo que daba el hambre: el miedo del vacío, de perder el control, de perderlo todo. La rabia por haberse distraído en cavilaciones absurdas. El pánico de ver a la muerte acercándose saltando hacia ella, el pánico que la puede paralizar en esa superficie fría y dura haciendo que el instinto se apague con ella para siempre. Pero el instinto es fuerte y la despierta haciéndola reaccionar, agudizando sus sentidos minúsculos y eficaces al máximo, la hace buscar. La electrifica, la activa. Detecta al animal extraño y cruel de sangre caliente que viene hacia ella distraído, gigantesco, moviéndose sin saltar (y sin usar siquiera sus 4 extremidades, qué desperdicio), y el instinto se hace cargo de su cuerpo como desde cuando era una larva,  ése instinto que le ha dictado todas y cada una de sus acciones para que puedan sobrevivir, la obliga a saltar hacia el animal extraño y cruel porque es de sangre caliente, que está repleto del líquido viscoso y sabroso que calmará toda su ansiedad. Estira sus patas con toda la fuerza que le dan el hambre, el miedo y el instinto, acercándose a lo que parece son las patas delanteras de ese animal tan extraño y tan cruel, es la única parte alcanzable que parecer tener piel y venas repletas de comida porque el resto de piel con la que está cubierta es algo que la pulga nunca ha visto, una piel sin pelos, sin sangre, pero en este momento eso no importa porque ya va llegando a esas patas normales, ya casi está ahí y la muerte se ve cada vez más lejos.

Pero la pulga no sabía que este animal extraño y cruel tenía el tic de ir caminando dándole papirotazos al aire (ni tenía porqué saberlo, a las pulgas únicamente les interesa comer y reflexionar sobre el hambre y sus implicaciones vitales) y no se enteró nunca de que existen casualidades increíbles en el mundo más allá del perro y las superficies duras y frías, como por ejemplo esa de una bala impactando a otra en la primera guerra mundial o esta en la que una pulga que salta hacia una mano recibe por azar un papirotazo enviándola lejísimos del animal raro y cruel pero cerca de la muerte.

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