Barnum Effect presenta

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DEMASIADAS TELENOVELAS, TAL VEZ.

Los vimos entrar despacio, caminando con ese aire confiado que da la certeza de que nadie los iba a descubrir, de que estaban en un lugar seguro. Ambos con gafas negras, ambos elegantemente vestidos (tal vez demasiado elegantes para el lugar), eligieron una mesa no muy cercana a la ventana (en realidad nunca se puede estar demasiado confiado: las paredes tienen ojos y oídos y bocas). Nosotros los vimos entrar, vimos todo el proceso desde que se asomaron a la puerta y se tomaron su tiempo para elegir su mesa y sentarse en esas sillas rojas que tanto me recordaban a la vida de barrio, ésa de niños que todavía jugaban fútbol en la calle y luego iban a la tienda que tenía las mismas sillas rojas a comprar algo para refrescarse o algo dulce o las dos cosas si se podía, y los vimos pedir un café. Nosotros los miramos y asumimos que eran amantes, asumimos que tanta elegancia y pompa estaban relacionadas con el hecho (fallido, claro está) de que no querían llamar la atención en lo más mínimo, no querían ninguna mirada indiscreta posada sobre ellos, tan elegantes y discordantes con el lugar (porque estaban muy bien vestidos, no porque el lugar fuera malo): estábamos ahora casi seguros de que eran amantes que por fin podían verse en este mediodía de lunes (un día no muy dado al romanticismo: ¿quién se enamora un lunes?), que por fin podían mirarse a los ojos (si se quitaban las gafas negras, obviamente) después de tal vez muchos días de querer mirarse a los ojos y no poder, de aguantarse las ganas que los roían (no sé si te dije que odio los ratones) durante quién sabe cuántos días, que no los dejaba comer ni dormir ni pensar en nada más que no fuera en verse o tocarse y que murieron en el momento en que lograron encontrarse en la puerta del café mientras sus corazones latían apresurados, primero por la ansiedad y luego por la alegría, y fue entonces cuando nosotros los vimos a través del ventanal del café en donde yo al final me tomaba dos cafés y tú ninguno porque te dolía un poco el estómago.

Tendrían unos 50 años o tal vez un poco más, y decidimos pensar que eran, además de amantes, casados. Muy dramático todo: hemos visto demasiadas telenovelas, tal vez. O muchas comedias románticas. Yo terminé el primer café (que era el mío antes de que el tuyo fuera también el mío) mientras los observábamos sin tanto disimulo, aprovechando que ellos quedaron de espaldas a nosotros. Se quitaron las gafas (podían mirarse a los ojos, finalmente), hablaron en voz baja unos minutos. No pudimos oír nada de lo que decían y eso nos frustró un poco.

El sol que entraba por el ventanal y el café todavía lanzando vapor al techo me hicieron sentir un poco de calor, ese calor que en Bogotá anticipa al aguacero refrescante de más tarde. Jugué un poco con los cubitos de azúcar (yo llevaba muchos años sin ver esos cubitos de azúcar) mientras perdíamos un poco el interés en la pareja de probables amantes, fundamentalmente porque no pasaba nada que pudiéramos descifrar. “A lo mejor resulta que son un abogado y su clienta, o viceversa” dije, y tú, casi inmediatamente, descartaste esa hipótesis con el siguiente argumento: si fuera algo laboral hablarían en una oficina y no sospechosamente en un café, algo escondidos, con gafas negras y actitud secreta. Puede que tuvieras razón, pensé, un poco por convencimiento y un poco porque el asunto me estaba empezando a desinteresar. Me llevé a la boca el café que no habías tomado, sumergiendo en él a un cubo de azúcar, sentenciándolo a su disolución y a la muerte. Luego pensé otra vez en las sillas rojas y las mesas redondas y en la infancia que ahora sentía tan apartada, pensé en los barrios que ya desaparecían masticados por los edificios nuevos, pensé en los dueños de las tiendas en las cuales yo compraba cuando era niño, me preguntaba sin querer ni poder responderme hacía cuánto habrían muerto esos viejos (siempre eran viejos los que atendían), si habrían tenido una buena vida y qué pensarían de ver la desaparición lenta de los barrios, casa por casa, calle por calle, en ese doloroso crecimiento de la ciudad, en su paso de ciudad-niña a ciudad-adolescente y en la cual tal vez no tendrían cabida.

Te miré brevemente y después miré el aviso neón rojo que se ubicaba justo en la pared posterior de donde preparaban el café y en la barra me pareció ver una olla con chocolate y su molinillo respectivo. Casi nunca tomo chocolate, te dije -diciéndome a mí mismo en realidad- pero es que no me gusta mucho. A mis primos sí, siempre desayunaban con chocolate caliente y huevos o tamal o cosas así, pero a mí eso no me apetecía por la mañana, principalmente porque me daba hambre después de las nueve y además (quizá la razón de fondo, la razón verdadera de que yo no desayunara así) porque no podía evitar esa sensación de tristeza que me daba al ver ese tipo de desayuno: me invadía, sin tener la menor idea de porqué, esa impresión de desesperanza o de estar atrapado, la premonición de que estaba condenado a la repetición de las cosas. Pero eso no te lo dije, solamente te comenté que me parecía que había chocolate (aunque eran casi las dos: no tenía sentido que estuvieran haciendo chocolate a esa hora) y que a lo mejor eso te serviría para aliviar un poco el dolor de estómago. Decidiste que era mejor no tomar nada. De todas formas pregunté si había chocolate (solamente por curiosidad) y me dijeron, como ya sospechaba, que a esa hora no había. No pregunté por qué tenían ese molinillo, no quería convertirme en un cliente fastidioso por tanta curiosidad sobre algo que claramente no debía importarme. Terminé mi segundo café del día, negro como la noche y las gafas de los amantes, mientras hablábamos de los desayunos favoritos o de algo así y pagábamos antes de tener que volver a trabajar en este lunes tan poco dado a los enamoramientos.

Entonces, justo antes de que nos pusiéramos de pie, vimos como la mujer se volvía a poner las gafas negras tras decirle algo al hombre, algo que tampoco pudimos oír, y se separó de su silla roja (a mí me parecía casi un crimen tener que abandonar esas sillas rojas) para salir con paso firme del café y dirigirse hacia la plaza, perdiéndose entre la gente y las miles de historias que pasan cada día en esta parte del mundo, mientras el hombre se quedaba sentado mirándola desaparecer tal vez para siempre (al menos esa era la impresión que daba todo el asunto), y casi pude ver cómo su corazón hasta hace tan pocos minutos alegre se sumergía y se diluía (igual que el azúcar en el café) en una tristeza que se reflejaba en sus ojos (una tristeza diferente a la que yo sentía con los desayunos de tamal y chocolate, pero tristeza al fin y al cabo) y en su mirada que se posaba sobre ella que se iba para siempre con sus gafas negras y sus pasos seguros: los pasos del que no quiere volver atrás. Toda la atmósfera del café cambió en ese momento, como si las nubes cargadas de aguacero se hubieran compactado en la cafetería trayendo enredados ese frío y ese gris de las tormentas bogotanas y se hubieran dirigido hacia el hombre de gafas negras, concentrándose exclusivamente en él, paralizándolo por congelamiento en la misma posición desde que ella se había marchado. Lo observábamos sin decir una palabra, atentos a su falta de respuesta, lo vimos algo perplejo, desubicado, como queriendo entender qué había pasado o en qué habían fallado, es decir, como han quedado todos los hombres que han sido abandonados a su suerte por la mujer que aman. Luego, agarrando fuerza en lo único que le quedaba, el orgullo, (como todos los hombres que han sido abandonados a su suerte por la mujer que aman) dejó un billete sobre la mesa, volvió a ponerse las gafas negras y se dirigió en dirección contraria a la que había desaparecido la mujer, llevando de la mano un dolor que se notaba que iba creciendo a pasos agigantados, de la misma manera en que iba creciendo la ciudad.

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