Como la vez esa que fuimos a ver a Bajofondo, estábamos emocionados de poder verlos en vivo por fin, y conseguimos las entradas para una buena ubicación (sin saberlo, porque nunca antes habíamos ido a ese lugar) y nos sentamos a esperar que empezaran a tocar, tomando cerveza y viendo a la gente, todo un poco incómodo porque ya habíamos terminado y estábamos en esa fase forzada de “todavía podemos ser amigos”, tratando de ignorar las heridas recientes y de conservar lo bueno que habíamos vivido, tal vez para salvarnos a nosotros mismos de la desesperanza y del miedo al cielo enorme de lo desconocido, metiendo con calzador algo que debería surgir naturalmente. Estábamos así, decía, intentando que todo fuera bien esa noche tan frágil como el amor en nuestros últimos días juntos y también mirando a la gente que seguía llegando incesantemente hasta casi llenar el sitio, cuando una de mis primas, apareciendo de la nada (igual que la distancia entre nosotros), nos saludó cortésmente. Hablamos un rato pero ella notó el ambiente tenso que había entre nosotros dos (después me lo dijo, así con esas palabras: “noté el ambiente tenso que había entre ustedes dos”) y aprovechando que no había ninguna silla libre cerca, se fue con sus amigas a otra parte y no la volvimos a ver esa noche.
Seguimos hablando de cualquier cosa inofensiva y entonces oímos a esas pendejitas que solamente conocían el segundo disco (lo sé porque sólo hablaban del segundo disco, que era Supervielle y no todo Bajofondo Tango Club), con ese detestable acento de niñas malcriadas decían cosas como que cuando sonara “Mateo y Cabrera” todo el mundo se iba a poner a bailar, y que sus favoritas eran “décollage” y “miles de pasajeros”, pero lo decía como si a todos nos tuvieran que parecer las mejores esas canciones o estuviéramos obligados a oír sus opiniones, y entonces fue cuando me di cuenta de que no sabían que había un disco anterior al de Supervielle y yo, con el orgullo hablándome al oído, masticándome la conciencia como las ratas se comen los dedos de los pies (o así imagino que lo hacen, la verdad es que no lo sé) quería decirles algo, pero algo que les doliera, que incendiara la llaga putrefacta de su ignorancia, algo como: «no saben nada», o: «¿les gusta más el primer o el segundo disco?», o “estas culicagadas no tienen ni idea de qué están hablando”, o alguna otra cosa que las ofendiera porque no soporto esas actitudes que me recuerdan cómo soy, pero no hice nada porque no quería problemas en esta noche en que todo debería ser paz porque ya habíamos tenido y finalizado nuestra guerra particular, y todo debería salir bien y la noche era frágil como mi corazón. Entonces las luces se apagaron y salieron a tocar, sonaban el violín, el piano y el bandoneón (¡qué hermoso el sonido del bandoneón!) y tocaban majestuosamente, tanto que me asaltaron unas ganas imposibles de irme en ese momento (o cuando el concierto terminara) directamente a Buenos Aires alma de piedra, quería irme y escapar de nuestra guerra y de la repetición infinita de los días y de las pendejitas que hablaban de cosas de las cuales no sabían nada, y cuando tocaron “centrojá” todos gritamos “Goooool” con el alma, como deben cantarse los goles reales o en las canciones, y además, si mal no recuerdo, teníamos que jugar contra Uruguay en unos días y creo que perdimos, creo que era por eliminatorias, ya sé que no te gusta el fútbol pero es de lo que me acuerdo ahora. En fin, luego tocaron “Montserrat” y varias de Bajofondo -me refiero al primer disco- y todos bailábamos y cantábamos y recordé a las pendejitas, las busqué con la mirada porque con el baile la gente se iba moviendo de lugar, y entonces las vi: su cara era un poema porque no podían creer que todos conociéramos esas canciones y las bailáramos y las cantáramos, y ellas ni idea de nada, pareciera que se hubieran metido a otro concierto, y fue divertidísimo y me arrepentí de no haber llevado una cámara porque hubiera sido una foto ganadora de premios internacionales, una foto que hubiera titulado: “el desconcierto”, o: “pendejitas”, o: “despiértate, nena” o algo así. Y luego empezaste a bailar justo al frente mío para que yo pudiera ver cómo te movías, como diciéndome “esto es lo que te estás perdiendo, huevón”, porque te gustaba bailar y te gustaba aún más provocarme, eso ya lo sabía porque habíamos estado juntos un par de años, y me gustaba verte bailar y me gustaba aún más que me provocaras, y no pude resistir y te agarré por la cintura y bailamos, pero no hice nada más porque estábamos en plan “todavía podemos ser amigos”, no hice nada a pesar de las ganas terribles de morderte la boca y terminar en la cama, igual a como solían terminar tantos fines de semana, pero era mejor no romper esa noche que hasta ahora iba bien y solamente te agarré por la cintura y así hasta el final del concierto. Luego cogimos el bus, te acompañé porque a esas horas (y a casi todas horas) Bogotá era peligrosa, y en el bus íbamos cansados y con sueño, pensando en tener que madrugar al otro día para ir a trabajar, apenas a mitad de semana y ya cansadísimos y con ganas de que fuera viernes, pensando eso en un bus lleno porque parecía que todos fuéramos al mismo lugar a seguir la fiesta, pero en realidad teníamos que ir a dormir para trabajar al otro día, muy responsables y tal, y nos mirábamos exhaustos pero con ganas de nosotros, por los viejos tiempos, quizás uno para recordar porque igual ya nos conocíamos los gustos y las mañas, y queríamos pero estaba latente el miedo de que tal vez eso nos hubiera llevado nuevamente a la guerra, que se acabara esa paz más frágil que la noche y que mi corazón, una paz que habíamos conseguido por fin y que queríamos fortalecer, y al final de la noche frágil me despedí de ti en la puerta de tu casa muy decentemente, paré un taxi y me fui sin escalas a mi casa, pensando en el camino en cómo recordaríamos esto en unos años, si sería una anécdota divertida o amarga o prohibida o pendeja como las pendejitas del concierto de Bajofondo. Qué buen concierto fue y qué buena foto hubiera sido.
Y así recuerdo la anécdota.


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