Se apagan las luces en el recinto. Ya tocaron los teloneros (lo hicieron bien, por cierto. No faltó el idiota que los abucheó, siempre hay uno). Se comienzan a oír los gritos que explotan, libres al fin, ante la ahora moribunda espera de tantos días. Los fanáticos como él sienten cómo el corazón se acelera, cómo la vista se aguza en medio de una oscuridad repentina que se rompe ocasionalmente en pequeños puntos por algún encendedor o la helada luz de las pantallas de celular o de las cámaras fotográficas. Se ven algunas sombras en el escenario que pasan rápidamente, elevando la intensidad de los gritos y de la expectativa. El momento está a escasos segundos, por fin. Los decibeles originados en el rugido y la emoción se elevan a altitudes inconcebibles cuando el primer músico entra levantando la mano derecha, saludando a todas esas almas hambrientas de sonidos.
Entran todos y asumen su posición. La espera terminó y los gritos son ya un clamor, la oscuridad es perforada miles de veces por los flashes que buscan inmortalizar ese momento, por el juego de luces y video sobre el escenario que no se detendrán hasta dentro de un par de horas. Los fanáticos como él no pueden evitar emocionarse.
Tocan una canción tranquila para comenzar, lenta y suave como una planta, con la que germina esa sensación de comunión entre los asistentes, todos concentrados, todos oyendo y algunos cantando (los fanáticos de verdad, como él, se saben todas las canciones, saben qué significan, las entienden, las sienten suyas), todos atentos a ese rectángulo iluminado que tienen al frente, sabiendo que esa ansiedad causada por la espera se fue para siempre (“para siempre” quiere decir hasta el siguiente concierto), dejándose rodear por el sonido (un sonido que los acecha como los grandes felinos merodean a su presa justo antes de poder morderles la yugular) y aplaudiendo a rabiar con cada canción, con cada nota reconocida, con cada gesto o palabra del cantante: todos son hermanos en ese momento, no existe un lapso de más unión entre la desgraciada raza de los seres humanos que cuando están disfrutando un concierto, cuando la música hace olvidar la diferencia, el prejuicio, el odio. Y la música sigue cayendo como la lluvia durante la noche y el público va sintiendo cómo las canciones entran en cada uno y se acomodan en el corazón, doliendo en lo profundo, apretando la garganta de tanta pasión: ya han sido atrapados por un gran felino que no los soltará durante la noche, los desangrará hasta dejarlos exhaustos, dándoles una especie de muerte dulce. Y los fanáticos como él sienten cómo la felicidad cae sobre sus hombros, sienten cómo la música se acomoda aún mejor en el corazón, en las tripas, en el alma inflamada de amor, y perciben cómo se agarra para no irse nunca de ahí. Él cae en cuenta de que la felicidad está en sus hombros, tan cerca, tan palpable, tan redonda y en este momento infinita (¡cuánto desea que este momento fuera también infinito!): se da cuenta de que es algo que lo aleja del mundo, de lo que hace o ha dejado de hacer, se da cuenta que es una felicidad que no le traerán nunca las cosas que compra o la velocidad o las personas que ha conocido. Es una felicidad pura, casi cristalina, que cae sobre él como cae la música que cae como la lluvia, y es incorruptible porque es solamente suya y nadie la puede tocar o mirar, es un pequeño lapso en el cual todo está perfecto y en el que nada importa mientras los sonidos hermosos sigan entrando por sus oídos y siga sintiendo ese nudo en la garganta que aprieta hasta hacerle mojar los ojos, hasta dejarlo sin aliento para poder cantar a todo volumen, cortándole la respiración y haciéndole sentir inmensamente afortunado de poder verlos, de poder oírlos y de dejar que la banda le dé una porción de perfección en esas horas siempre tan cortas y escasas.
Y todo terminará y la felicidad irá desintegrándose poco a poco, se diluirá en la realidad de los días hasta el punto en que la monotonía vuelva con toda su fuerza de repeticiones para hacerlo olvidar lo que la música intenta recordarle a cada momento: que todavía puede haber belleza en el mundo.


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