Siempre esperando algo, cualquier cosa que lo trajera de vuelta del estado de coma en el que se la pasaba revisando mil veces al día el celular con la esperanza de algo interesante, de un mensaje diferente que le hiciera salir del sopor en el que se había metido (y en el que estaba acomodándose demasiado), una notificación inesperada como la de esa noche de viernes que le interrumpió lo que fuera que estuviera viendo en la TV mientras trataba de hacer resbalar los días con whiskey, sin pensar en nada excepto en la esperanza y cómo ésta era cada vez más débil, más vaporosa. La luz de la pantalla se magnificó en el vaso de whiskey varias veces en pocos minutos (una situación totalmente atípica, porque a pesar de tener toda red social disponible nadie nunca le escribía nada, ya todos cansados de él y sus actitudes y manías, de sus comentarios hirientes). Leyó la notificación que le mostraba el celular y fue como si le hubieran arrancado la indiferencia a bofetadas, como si lo hubieran rescatado del pantano de hartazgo en el cual llevaba tantos años. Era ella, muchísimos años después en un noviembre hasta entonces olvidable era ella, y no podía parar de leer y releer lo que había escrito porque era algo hermosamente imposible (hermosamente inexplicable) y sin embargo estaba sucediendo justamente en ese viernes sin gracia, un viernes agonizante, un viernes que ya no era todos los viernes desde hacía mucho tiempo. Pasó al computador a releer sus mensajes y cerciorarse de que no estaba alucinando con cosas que hasta ese momento no sabía que quería y que no tenía ni idea de que estaban ahí, resurgiendo, saliendo del oscuro y pegajoso fondo del pantano en que se había convertido sin saberlo hasta que, todavía incrédulo, leyó: desde la primera línea la reconoció porque cada letra y cada palabra estaban infiltradas de ella, olían y sabían a ella, las frases casi la hacían aparecer ante él, y aunque intentó negarse a creer lo evidente ese débil intento duró hasta el momento en el que ella escribió cosas que solamente sabían ellos dos, como si hubiera necesidad de despejar alguna duda, un acto casi de diplomacia, de bondad (o incluso de piedad), y entonces ya no podría dudar, no podría decir que no sabía quién le estaba escribiendo a unos cuantos kilómetros de allí, no era un sueño ni una alucinación, se confirmaba lo que no quería (no podía) creer, ELLA estaba muchísimo más cerca de lo que pensaba, tomando una cerveza en el aeropuerto minutos antes de partir, quizá para siempre esta vez, otra vez. En medio de la estupefacción le contestó un par de cosas banales y generales que no representaban en absoluto su sorpresa y su felicidad. Porque se dio cuenta de que todo lo que había hecho desde el día en que se vieron por última vez (desde el día en que comenzó a caminar sobre vidrio molido) fue, de alguna manera, una forma de recuperarla, de decirle “estoy así desde que nos abandonamos, me volví oscuro y pegajoso como los pantanos desde que ya no estamos”, de que la estuvo buscando siempre en todas las otras mujeres, y esa fue la revelación dolorosamente feliz que tuvo esa noche.
Apareció en noviembre, tal vez porque fue en ese mes de un año lejano cuando la vio alejarse despacio mientras se quedaba parado en esa esquina sin saber exactamente qué hacer y después de haber dicho lo que dijo. Recordó su cara de incredulidad, sus ojos que poco a poco fueron anegándose de dolor, de perplejidad, de traición. Luego vino esa época borrosa de la fiesta y ella que aparecía en las noches de borrachera, difusamente, cuando el silencio y la tristeza desplazaban al gozo mentiroso de la noche, cuando su recuerdo brotaba al quitar todas las capas de la mentira; aparecía sin demasiado esfuerzo al limpiar con alcohol la memoria y las heridas. Vinieron después más amores y desamores, las ocupaciones y preocupaciones, los olvidos. Los viajes y seguir rompiendo el corazón hasta que la indiferencia ganó todo ese terreno que el corazón roto no alcanzaba a ocupar. La adolescencia prolongada mucho más de lo que debería y las noches de insomnio tratando de justificarlo todo. Pero especialmente vino el hecho de buscarla siempre en todas las demás, queriendo adivinarla en el momento en que las otras mujeres (todas las demás fueron siempre las otras, ella era Ella) echaban la cabeza hacia atrás durante el orgasmo, y ahí aparecía Ella para recordarle su dolor y mostrarle en la cara que todo eso era una mentira, un sedante, otro pantano, la nada misma.
Cuando Ella escribió que estaba a punto de embarcar, Marcelo se decidió a contestarle. Estuvo unos 5 minutos tratando de poner un orden a las ideas que se agolpaban, tenía muchas sensaciones creciendo en ese instante y no sabía cómo empezar pero tenía que empezar pronto porque no sabía si ella iba a leer lo que estaba a punto de escribirle antes de irse subirse al avión e irse para siempre, otra vez (insistimos en decir “para siempre” solamente porque desconocemos el futuro). Y sólo escribió cosas sin importancia (es decir, nada de lo que realmente estaba sintiendo en ese momento), le contó un poco de su vida (muy poco, había tanto por decir) y respondió un par de preguntas que olvidó en los siguientes dos minutos. Entonces, mientras el corazón se le aceleraba de alegría, vio que ella había alcanzado a leer sus respuestas y le contestaba que todo esto era irreal y le daba las gracias. Marcelo estuvo de acuerdo en que todo parecía ficción pero no quiso escribirle nada más porque ella ya iba a abordar (si es que no lo había hecho ya) y todo hubiera quedado incompleto como desde el día en que se fue, hace tantas vidas.
Y lo que Marcelo hubiera querido escribir era lo siguiente: su aparición, así fuera un contacto virtual, lo había hecho muy feliz. Tener noticias de ella de esta forma tan espontánea era algo que lo emocionaba, porque significaba que por fin, después de tantísimos años lo perdonaba (le pareció curioso que ella hubiera escrito “gracias por hacer las paces”, como si Marcelo la hubiera odiado alguna vez); significaba que esa molesta astilla metida bajo la piel (que había aparecido desde que él le hizo daño) desaparecía ahora que tenía sus palabras para siempre, significaba que alguien supremamente importante para él (ahora dejaba de negárselo a sí mismo, liberándose) volvía de alguna manera a su vida y encajaba una de las piezas que explicaban su comportamiento y sus acciones desde ese día en que decidieron no seguir juntos (pero que fue decisión de él, la peor de su vida), y que sintió cómo una parte importante de la tristeza que siempre lo había acompañado se desprendía de él (igual que el hielo abandona los icebergs) haciéndolo más liviano, entendiendo todo un poco mejor.
Tal vez si las cosas entre ellos hubieran sucedido 5 o 10 años después todo hubiera sido diferente, quizás sería él quien estuviera esperándola en casa, quien la recogiera en el aeropuerto, o posiblemente su amor no hubiera tenido la misma intensidad, o a lo mejor no tendrían ningún recuerdo grato del otro, o tal vez estarían odiándose encarnizadamente. Pero ya no habrá manera de saberlo nunca.


Deja una respuesta